“El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente”

Pintura: Carlos Enriquez. Foto: Carlos Enriquez

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“¿Qué has hecho, maestro?”, escribió uno de los discípulos literarios de Martí al conocer de su muerte en combate. Aquel escritor no podía admitir que un intelectual del calibre del cubano, que un artista de las letras hubiese entregado su vida en un hecho de armas.

No era vanidad artística lo que dictó tal dolido reproche ante el triste suceso. Otros intelectuales cubanos e hispanoamericanos quedaron también consternados, tanto como muchos de los colaboradores de Martí en las tareas patrióticas de la emigración, quienes se lamentaron de su presencia en la manigua. No olvidemos que solo unas semanas antes del combate de Dos Ríos, cuando un periódico de Nueva York publicó que Martí se hallaba en Cuba, fue que Gómez y los jefes que le rodeaban preparando la salida de República Dominicana hacia nuestra isla aceptaron, tras su ardua y apasionada argumentación, que el Delegado embarcase con ellos.

Recordemos que momentos antes de recibir Martí los disparos fatales, el General en Jefe, mientras cargaba sobre la columna española empujado por el entusiasmo de su tropa, se sintió obligado a conminarle que no continuase en primera línea. Máximo Gómez quiso así resguardar al mejor de los amigos y al alma del levantamiento, como escribiría en la noche del aquel 19 de mayo en su diario de campaña.

No son quizá las mismas razones en todos los casos, pero no hay dudas de que las opiniones adversas a que Martí fuese a la guerra se sustentan, coincidentemente, en la apreciación de la excepcionalidad de su persona en sus diversas manifestaciones, en su altísimo valor para Cuba y nuestra América como escritor, como pensador, como dirigente político. En muchos patriotas se evidenció el criterio de que el verdadero lugar, el imprescindible momento de Martí era el de la república que se crearía tras el triunfo sobre la metrópoli, sin entender quizá que a aquella solo se arribaría si la revolución del 95 navegaba exitosamente en el plano bélico y si marchaba sobre los rieles adecuados que conducirían hacia ese futuro deseado.

Hasta la tesis de que Martí cometió suicidio, de que buscó la muerte ex profeso, tan combatida con incontables y sólidos argumentos por los historiadores y la aplastante mayoría de sus estudiosos, parece a veces —a pesar de su absoluta falta de lógica— una manera de excusar su cabalgata hacia la pelea. Pensar que quiso inmolarse para impulsar a su pueblo a la pelea o para demostrar su entrega a la patria a quienes pudieran rechazarle, no deja de reconocer, de algún modo, su elevado sentido del patriotismo, por más que estoy plenamente convencido de que ese amor a Cuba no pasaba en él por regalar su existencia.

En primer lugar, porque son innumerables las muestras en sus escritos de su conciencia acerca de su propia significación nacional y continental —y hasta universal— dados sus profundos objetivos antimperialistas, de libertad social e individual, de perfeccionamiento humano, de contribuir al equilibrio del mundo y de mostrar la utilidad de la virtud.

No podía suicidarse, en segundo término, quien se planteó meridianamente, y desde su desembarco en Cuba trabajó para así lograrlo, la necesidad de darle una conducción política al movimiento armado. Está más que comprobado en la documentación que por entonces escribiera, que desde antes del 19 de mayo Martí se hallaba envuelto en la muy seria labor de organizar la asamblea de representantes de los patriotas sobre las armas para constituir una dirección política de la guerra, reunión en la cual depondría su autoridad como Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

Y si algunos han dicho o insinuado que buscó la muerte porque estaba desengañado o cansado de la vida, de sus golpes y fracasos, obviamente no han entendido nada de lo escrito por él o, simplemente, no lo han leído, ni han revisado los juicios y testimonios de quienes le trataron y le conocieron. Tal conducta débil y cobarde no concuerda con la de la persona que demostró siempre y en todos los terrenos una fuerza de voluntad indomable.

Por eso, si ante las palabras de Gómez, seguramente dichas en medio del fragor del combate con toda la autoridad del General en Jefe, se apartó de la carga que este lideraba, es consecuente, muy consecuente, su conducta de volver al choque. El Delegado, ya Mayor General desde el 15 de abril de 1895 designado por Gómez en consejo de jefes, ¿quedaría atrás, al margen de la lucha? ¿Semejante actitud era compatible con esas responsabilidades y con la costumbre mambisa de que los jefes combatiesen al frente de las tropas? ¿Regresar al campamento donde poco antes su palabra había enardecido a esos guerreros? ¿Para él era ello digno y honrado? ¿Quedarse quieto, al abrigo del campamento, lejos de los disparos, quien penó siempre por no haber peleado antes?

Lógica política, respeto por su condición de líder, sentido del deber y voluntad de completar con el bautismo de fuego la muestra de su patriotismo, vergüenza de cubano de ley, estoy completamente seguro que se unieron en los sentimientos del Maestro para intentar la vuelta al combate.

Si al presentarse ante los emigrados de Nueva York por vez primera en Steck Hall, el 24 de enero de 1880, proclamó la idea que titula este texto, en la carta de despedida a su madre, el 25 de marzo de 1895, le escribió: “El deber de un hombre está allí donde es más útil”. Cortaba así de antemano el juicio materno contrario siempre a su dedicación libertadora, y nos indica al mismo tiempo que sí consideró útil —y necesaria— su entrada en Cuba, en la guerra alzada por él.

Por eso, el 18 de mayo, en la carta inconclusa a Manuel Mercado, reconoce el peligro en que se encontraba de dar su vida por su país al igual que por su deber, y a la vez le explica al amigo cómo estaba cumpliendo ese deber desde su llegada a Cuba.

No sé si el impacto de las balas le dio tiempo a pensar. Sí me atrevo a asegurar que cabalgó aquel mediodía feliz, pleno, alegre como aquella fuerza mambisa que en su mayoría se estrenaba con aquel encuentro en las lides de la guerra, de aquella guerra que abría paso a la revolución de José Martí. Cumplía el deber, su deber, como hemos de hacer sin mirar de qué lado se vive mejor.

(*) Investigador del Centro de Estudios Martianos. Miem­bro de Número de la Academia de la Historia de Cuba.


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