“¡Soy cubano! ¡No puedo ser diferente!”

Por Marcos Torres*

Cuando era más joven (de niño), era fan “superseguidor” del grupo “Moncada” y el estribillo que da título a este artículo era uno de mis preferidos y a veces me descubría tarareando esa canción en los pasillos de la escuela y en la casa, por allá por los 90 del pasado siglo.

Eran tiempos duros, difíciles, malos. Recuerdo a mi mamá en la cocina un día cualquiera a las 8 de la noche con las manos en la cabeza y una lágrima “a punta de ojo”, pensando en como iba a hacer para darme de comer a mí que era un “carajito” de niño y lógicamente tenía hambre. Y entonces llegaba la idea milagrosa de la “vieja”: harina con boniato. Y yo la comía feliz. Y la vieja era feliz porque yo lo era (¡¡¡se me hacen agua lo ojos, coño!!!).

El “hambre”. Esa que pasamos muchos en la década del 90 del pasado siglo. Esa que impusieron los americanos cuando se derrumbó el muro de Berlín, y en ejemplo imperecedero de resistencia los cubanos no dejamos morir las ideas de la Revolución, ni olvidamos la sangre de los que cayeron, ni íbamos a permitir arrebatarnos lo nuestro, lo que ganamos a sangre y sudor. La misma “hambre” a la que apostaron los “yonis”, lejos de servir para destruir a la Revolución cubana o minar la voluntad de nuestra gente, vino a cristalizar aún más la definición del “cubano”, virtudes y defectos de por medio, acertados o no a veces, pero compartiendo la resistencia, lo bueno, lo malo, y a veces lo peor.

Por eso quiero referirme a lo que es para mí ser cubano hoy, en estos tiempos de cambio que corren.

No es la simple territorialidad de vivir en esta especie de corcho gigante en medio del Caribe que sobrevive contra todas las mareas (las impuestas y las propias) lo que nos define como cubanos. Decir eso sería negar la existencia misma de nuestra condición, de nuestra historia (y hay nacidos aquí en esta isla que no merecen llamarse “cubanos”). Es nuestra voluntad, nuestra resistencia, nuestros deseos de vivir, de ser felices, de avanzar, lo que nos conceptualiza ciertamente como “cubanos”, o sea nuestra idiosincrasia, nuestras luchas.

El “cubano” siempre está inventando algo, siempre haciendo algo, siempre riéndose de sus problemas, siempre discutiendo lo bueno y lo malo, a veces irreverente, a veces maleducado, siempre dicharachero y fiestero y luchador. Entonces, fueron precisamente esas virtudes y defectos las que, entre otras cosas, nos hicieron sobrevivir al “hambre terrorista de estado” de los 90. Pero sobre todas las cosas nuestra voluntad de vencer todos los contratiempos y no dejarnos pisotear por nadie (eso nos enseñó a hacer Fidel y eso hacemos).

Ahora, cuando los enemigos (OJO con el término: fueron, son y serán el enemigo… y me refiero al “stablishment” norteamericano, no al pueblo) quieren venir a “negociar” (yo sigo con Fidel: “no creo en el imperialismo”) y establecer relaciones (y evidentemente subvertir nuestros principios) son nuestros valores más fuertes lo que nos harán subsistir.

¡¡¡Somos cubanos y no podemos ser diferentes!!! ¡¡¡Me lo enseñaron mis padres, y abuelos, y se lo debemos a nuestros hijos y nietos!!!

*@Marcostropero editor del blog La Mala Palabra


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