Trazos en la selva

Una ojeada al lenguaje empleado por el Che en la guerrilla de sus sueños
El Comandante Ernesto Che Guevara. Foto: Juventud Rebelde

Luis Hernández Serrano

«Era costumbre del Che en su vida guerrillera anotar cuidadosamente en un diario personal sus observaciones de cada día (…) con su letra menuda y casi ilegible de médico (…) fueron escritas en los ratos escasísimos de descanso, en medio de épico y sobrehumano esfuerzo físico…».

Fidel Castro, Una introducción necesaria, Diario del Che en Bolivia, Editora Política, La Habana, 1969.

Las aguas —transparentes o turbias— de los ríos Grande, Ñacahuasú, Masicuri y Rosita se divisan desde las altas montañas, y un eco que recorre la selva boliviana se repite como la voz de un espíritu desconocido que leyera los rápidos y casi ilegibles trazos del Comandante Ernesto Che Guevara en su Diario de guerra.

Esa voz que se disemina y se alza por las montañas de la tierra de Túpac Amaru y Túpac Catari, no se ha apagado nunca, ni va a apagarse, porque se acaba el cuerpo, pero nunca se acaba el ejemplo.

El cajón de resonancia de ese hombre que en reducidas ocasiones se alimentara en unión de su tropa guerrillera con el anta, el tatú, el hochi, el pecarí y los otros animales del monte tupido y hostil, multiplica esa voz que encarna los ancestros de los primitivos habitantes de Bolivia y en definitiva de los Andes, como si fuera también la de Bolívar, San Martín y Sucre.

Han pasado ya más de 48 años y parece que está viva la mano que hizo esos trazos en plena naturaleza selvática o desértica, pero siempre abrupta, de la inmensa geografía y del fragoroso paisaje de las provincias de Cordillera, Florida y Vallegrande, en el departamento de Santa Cruz, en la zona de Muyupampa o en el departamento de Chiquisaca, sitios donde anduvieron con el arma al hombro los integrantes del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia (ELNB).

Apuntes en zafarrancho de combate

Durante los 11 meses de estancia en la selva, en zafarrancho de combate, pese al asedio enemigo y la espada de Damocles de un asalto masivo de cientos de soldados enemigos entrenados, dirigidos, auxiliados, reforzados y apoyados por la CIA y los rangers estadounidenses, el Che tuvo la iniciativa y la serenidad de, diariamente, realizar sus apuntes.

Para ello se valió de dos agendas alemanas que tal vez le fueron obsequiadas por su única guerrillera, Haydée Tamara Bunke Bider (Tania). La primera de ellas le alcanzó para anotar las incidencias guerrilleras cotidianas del 7 de noviembre al 31 de diciembre de 1966; y la segunda del primero de enero al 7 de octubre de 1967, último día de sus apuntes de la guerra, en vísperas de caer herido de un balazo enemigo en la pierna derecha, que no era grave, pero le impedía caminar sin ayuda.

Solo dejar testimonio en esas dos agendas del acontecer diario, en medio de la incomodidad del monte, del peligro constante, de la enfermedad, del cansancio, del hambre, de la sed, del frío, de las inclemencias de la altura y de la lluvia, puede calificarse como una verdadera proeza.

El Che, como un simple combatiente, hizo desayuno, impartió clases, probó proyectiles antitanques, dedicó un día a la cocina, hizo guardia, fue ayudante del cocinero, leyó un libro a la tropa, realizó exploraciones, entre otras tareas.

Con el altímetro que le ocuparon el 8 de octubre de 1967, pudo especificar en el Diario la altura a que se encontraba. Más de la mitad de las veces anduvieron entre 600 y 980 metros de altura, y el 72 por ciento entre esa elevación y los 1 400 metros. La máxima: 2 280 metros, el 26 de septiembre, en Abra del Picacho. La mínima: 250 metros, el 5 de junio, en la zona del Río Grande.

Adversidades enfrentadas

El Che se enfermó en 36 ocasiones, 29 de ellas con fuertes ataques de asma. Durante más de cinco meses buscaron infructuosamente al grupo de la Retaguardia, dirigido por Joaquín, el Comandante Vilo Acuña. Estuvieron en total 22 días sin probar alimento y dependieron de cacerías en 25 oportunidades.

Fueron asediados por 25 jornadas de torrenciales aguaceros, algunos hasta de 18 horas, y por nueve días de intensa frialdad que heló el agua de los ríos.

Sumaron 38 los días sin tomar agua, que los obligó a ingerir la propia orina. Enfrentaron la enfermedad de 14 combatientes, cuyas afecciones se presentaron en 79 ocasiones: fiebres altas, diarreas, imposibilidad de caminar, ataques de asma, vómitos, sin tener apenas medicamentos.

Permanecieron cercados durante 11 días: 217 soldados por cada guerrillero, viendo pasar muy cerca de ellos, en una oportunidad, a 236 militares que fueron contando uno a uno con sumo cuidado de no ser descubiertos.

Hay que considerar, por ejemplo, las emboscadas, la presión de la cercanía del ejército y su peligrosa persecución.

En su Diario de Campaña, el guerrillero cubano Alberto Fernández Montes de Oca —Pacho o Pachungo— escribió el 29 de septiembre de 1967: «Estamos rodeados por todas partes (…) hasta el ruido de una cantimplora puede costarnos la vida». Y días después anotó: «Dan cinco millones de bolivianos por cualquiera de nosotros, vivo o muerto».

Y cuando eran solamente 17 hombres extenuados, sedientos, hambrientos y enfermos muchos de ellos, el enemigo estaba compuesto por 3 702 hombres —una diferencia enorme— de la Cuarta y la Octava Divisiones del Ejército, concentrados en el anillo interior de la reducida zona de operaciones contra la tropa rebelde.

Pero no se rindieron y el Che estuvo escribiendo la historia de aquella osadía guerrillera hasta el día antes de caer herido y de recibir un culatazo en el pecho; casi hasta aquel día en que, a punto de morir, al filo de la una de la tarde en la Quebrada del Yuro, un soldado enemigo le apuntara, mientras el boliviano Simeón Cuba Sarabia (Willy Cuba) se interpuso y le gritó: «¡Cuidado, carajo, que este es el Comandante Guevara y lo van a respetar!».

El lenguaje en el diario

Como se recordará, a la primera edición del Diario del Che en Bolivia le faltaban 12 páginas que fueron arrancadas por los servicios secretos bolivianos, a instancias de la CIA.

Ellas fueron las páginas correspondientes a los días 4, 5, 8 y 9 de enero; 8 y 9 de febrero, 14 de marzo, 4 y 5 de abril, 10 de junio, y 4 y 5 de julio de 1967. Por supuesto, tales páginas se pudieron conseguir y se incluyen en El Diario Ilustrado del Che en Bolivia, preparado por Adys Cupull y Froilán González, y publicado en 1987 por la Editora Política.

Escudriñando pacientemente durante cinco meses ininterrumpidos en las miles de palabras de su Diario, y aunque no las escribió para ser publicadas, se halló que empleó interesantes términos con mayor preferencia, asiduidad y precisión, en la medida de los objetivos de sus apuntes, que no eran otros que un valioso banco de datos que le permitiera evaluar con frecuencia el desarrollo de las acciones guerrilleras y la evolución y formación político-militar de sus futuros cuadros.

Descontando, por supuesto, pronombres, preposiciones, conjunciones, adverbios, interjecciones, así como nombres de guerrilleros y colaboradores, de lugares, nombres de armas, de animales, de comidas y otros vocablos de carácter accidental o secundario que no aportan al propósito de este trabajo de corte estilístico y semántico, el Che utilizó con énfasis palabras que nos reflejan claramente su máxima preocupación como jefe de aquel ejército de liberación que presidió con solo 39 años de edad.

De los más de 50 000 vocablos del Diario, 2 677 fueron verbos, sustantivos y adjetivos diferentes que constituyen su valioso documento guerrillero. Esa cifra se desglosa en 582 verbos y formas verbales, 1 609 sustantivos y 486 adjetivos, todos distintos.

Solamente esto permite afirmar —de entrada— que puso mayor énfasis en lo crítico de lo acontecido, que en los elogios sobre la conducta humana de sus hombres, aunque, como es lógico pensar, no olvidó este último y elemental aspecto.

A manera de curiosidad, los tres verbos que tuvo más necesidad de emplear fueron: hacer, 340 veces; llegar en 270 ocasiones y salir en 222 oportunidades. Como puede apreciarse, sintetizan prácticamente su táctica guerrillera: «hacer, llegar, salir». En fin, de esa manera el Che hizo camino al andar.

Fuente: Diario Ilustrado del Che en Bolivia, de Adys Cupull y Froilán González. Editora Política, La Habana, 1987, e investigación paciente de varios meses del autor de este trabajo.

 


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