Boron: “El lado oscuro del Imperio: la violación de los Derechos Humanos por EEUU”

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HASSAN DALBAND / REBELION – Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic son dos investigadores y académicos de origen argentino. Atilio A. Boron politólogo y sociólogo de orientación marxista, especializado en el concepto de imperialismo de corte leninista [2] ; ha sido director de varios centros académicos de la Universidad de Buenos Aires; autor de diversos libros y de centenares de artículos; fue reconocido por la UNESCO en 2009 con el Premio Internacional José Martí. Su más reciente libro, América Latina en la geopolítica del imperialismo fue publicado en 2014 por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Andrea Vlahusic, abogada, especialista en Derecho Internacional Público y en Derechos Humanos; ha sido directora ejecutiva de la Escuela de Capacitación en Derecho Internacional (ECADI) en Argentina; consultora jurídica de varias instituciones de ese país, entre ellas, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

Ambos investigadores han escrito El lado oscuro del Imperio: la violación de los derechos humanos por Estados Unidos,un libro donde analizan rigurosa y minuciosamente, aspectos políticos, económicos, jurídicos y de orden internacional; para ello recurren a inmensas fuentes en castellano e inglés como artículos, ensayos, libros y entrevistas, así como al discurso del expresidente estadounidenses, George W. Bush, para demostrar, la ficción y la verdad detrás de la política estadounidense en el contexto de Derecho Internacional y de los Derechos Humanos, tanto en el interior de Estados Unidos como a nivel internacional.

Vlahusic y Boron, ofrecen argumentos para demostrar cómo Estados Unidos, o mejor dicho, el imperialismo estadounidense, ha violado sistemáticamente los Derechos Humanos tanto en su propio territorio como en el ámbito internacional; para los autores, lo peor de todo, es que Estados Unidos se ha conducido con una total impunidad ante todos los organismos internacionales de Derechos Humanos, incluso hacia la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La obra proporciona evidencias y hechos concretos de cómo y con qué métodos, instrumentos y mecanismos, Estados Unidos, ha invadido y ocupado países enteros para someter a los pueblos del mundo a su dominación imperialista; desde golpes de Estado, la Operación Cóndor con 400 mil víctimas, la Escuela de las Américas que preparó torturadores y asesinos profesionales, sobre todo, en los países del Cono Sur (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay); hasta llegar a la violación sistemática de los Derechos Humanos de tales pueblos, con el principal objetivo de asegurar su dominación y el saqueo de recursos naturales y humanos del planeta por sus transnacionales imperialistas, afirmando así, la permanencia y sobrevivencia del capitalismo mundial bajo su mando. [3]

La estructura de la obra consta de un prólogo, cuatro capítulos, una conclusión, un posfacio, y un apéndice cronológico de las intervenciones militares de Estados Unidos en América Latina y el Caribe. El prólogo a esta edición argentina presenta un contexto sobre la llegada de Barak Obama a la Casa Blanca, y cuestiona, si ello implicó una “nueva era” o “un cambio en la política exterior”. Todo ello bajo el marco del respeto a los Derechos Humanos que demuestra una evidente violación a la dignidad humana y a la legislación internacional.

Los autores se refieren a las promesas incumplidas de Obama, como el cierre de la base naval de Guantánamo, comparada con un campo de concentración nazi; a la publicación de fotos prohibidas de las cárceles ilegales estadounidenses en Irak y Afganistán y al retiro de tropas; a la política de “obediencia debida”, olvido e impunidad, respecto a la transparencia e información sobre el uso de tortura en los “sitios negros” del sistema carcelario de los Estados Unidos en el exterior; a la continuidad o cambio en la política estadounidense, ante poderes facticos como el complejo militar-industrial. Terminan su introducción con las relaciones Estados Unidos-América Latina, o lo que Obama debe hacer, según los escritores, para mejorar las relaciones en el continente, concretamente en Cuba y México.

Boron y Andrea Vlahusic se refieren en su primer capítulo sobre Estados Unidos como “garante” de la libertad y el respeto a los derechos humanos, a los informes que en materia de derechos humanos emite anualmente el gobierno estadounidense sobre los países que según éste, violan derechos humanos, pero en los cuales, paradójicamente, nunca se incluye dicho país. Analizan el Informe 2007 y cuestionan la omisión de criterios y procedimientos de Estados Unidos para asumir la “responsabilidad” sobre estándares internacionales de Derechos Humanos; lo que contraviene el sistema de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que cuenta con esa función internacional a través de mecanismos de protección, normas específicas y expertos que vigilan el cumplimiento de tratados internacionales de los estados miembros en esa materia.

Los autores critican la autoproclamación de Estados Unidos como “líder del mundo libre”, “policía y gendarme mundial”, pues señalan que tal país olvida los genocidios perpetrados en Vietnam, Laos y Camboya; la devastación de países por su agresión, invasión y ocupación militar; su participación en los golpes de Estado en los países del Sur (África, Asia, América Latina y el Caribe ); la práctica de tortura sistemática y desaparición forzada de miles de personas; la “capacitación” que dio a los cuerpos policías y militares, sobre todo, en América Latina, con los escuadrones de la muerte; los magnicidios y asesinatos de adversarios políticos, y otros tipos de violaciones graves de los derechos Humanos.

Los autores también se refieren al uso de bombas atómicas por parte de Estados Unidos en 1945, sobre las ciudades Hiroshima y Nagasaki, donde murieron miles de personas; todo un historial, para cuestionar ¿con qué autoridad moral Estados Unidos habla sobre Derechos Humanos y enjuicia a otros países del planeta, excepto a sí mismo y su propio territorio, donde se violan sistemáticamente esos derechos humanos?

Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic, argumentan cómo Estados Unidos, bajo sus planes de “seguridad nacional”, ha devastado toda América Latina con las peores dictaduras militares y civiles, violando así Derechos Humanos, concretamente con Ronald Reagan y su llamada democracia liberal en todo el mundo. Afirman que el mejor pretexto para violar leyes internacionales se dio a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, con el presidente George W. Bush y su combate al “terrorismo”, con la “guerra infinitiva y la guerra preventiva”. Ello ha reafirmado la militarización de su política interna e internacional, el poder absoluto del Pentágono frente el sistema político oficial estadounidense, y ha perjudicado a su propia población con controles severos, vulnerando seriamente las libertades consagradas en su propia Constitución, como la Ley Patriótica; todo un retroceso en materia de Derechos Humanos para los autores.

Un segundo capítulo expone Violación de los derechos humanos por Estados Unidos en el exterior, las guerras e invasiones a cargo de dicho país; su legalización de la tortura; el escándalo de Abu Ghraib; el caso especial de los detenidos en la base naval de Guantánamo; las cárceles secretas y traslados ilegales; y, los vuelos “ya no tan secretos” de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, (CIA por sus siglas en inglés). Boron y Vlahusic explican cómo Estados Unidos ha militarizado la economía mundial y las relaciones internacionales a través de su política de seguridad nacional, a cargo del Pentágono y sus largas guerras contra sus “enemigos” en todo el mundo. Ante ello, se criminaliza la protesta social, se controla el mundo con fuerza militar, se “domestica” para mantener la resistencia y las luchas de los pueblos contra el imperialismo estadounidense, un status quo para asegurar su dominación capitalista.  

Para los escritores del lado obscuro del imperio, las guerras e invasiones estadounidenses de Irak -y el envío de fuerzas paramilitares- y Afganistán, constituyen la legalización de la tortura y la violación de normas internacionales y del derecho humanitario, acciones condenadas por la ONU, pues violan su propia Carta. En América Latina resaltan los secuestros, tortura, y ataques a civiles en Nicaragua, Panamá, Haití y Granada.  

Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic señalan que la tortura ya se practicaba desde antes del 11 de septiembre de 2001, pero después de esta fecha, se volvió una práctica sistemática, se legalizó. Para evadir consecuencias legales, Estados Unidos, trasladó a sus prisioneros a cárceles clandestinas en países cómplices, donde se practica todo tipo de tortura, como las existentes en Irak, Afganistán y Guantánamo, violando así la Convención contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes vigente desde 1987 y suscrita por esa nación en 1994.

Los investigadores revelan varios métodos de tortura física y mental que el gobierno de George W Bush utilizó contra los prisioneros indefensos en 2002, sobre todo en interrogatorios. El caso de la cárcel iraquí de Abu Gharib que conmocionó en 2004 a la opinión pública mundial con las fotos que demostraban cómo militares de Estados Unidos torturaban y asesinaban de la peor manera a los prisioneros de aquel país; esto, bajo el Informe Taguba, secreto en su gran parte, del cual la organización estadounidense por los Derechos Civiles, la Unión Americana de Libertades Civiles (ALCU por sus siglas en inglés), consiguió desclasificar una sección, para enjuiciar a algunos de los responsables.

Ante estos hechos, los autores también se refieren al papel de los organismos y mecanismos protección de los derechos humanos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), y la ONU, que en 2007 intentaron a través de sus expertos, realizar inspecciones en la base naval de Guantánamo, lo cual fue negado por Estados Unidos, bajo condiciones humillantes para dichos organismos; sin embargo, expertos de esos organismos prepararon un informe detallado con entrevistas a algunos abogados de los prisioneros y ex prisioneros, concluyendo que existían pruebas suficientes para acreditar los actos de tortura y de violación a derechos humanos, por los diversos tratos crueles y degradantes a los que eran expuestos los prisioneros, e hicieron una serie de recomendaciones en 22 puntos.

También los escritores explican las prácticas de la CIA durante la presidencia de Clinton y George W. Bush, como el secuestro y traslado de “sospechosos” a terceros países para evitar los límites legales existentes en Estados Unidos; los cientos de vuelos clandestinos en Alemania, Macedonia, Polonia y Suecia; y sus cárceles “fantasmas” en barcos de guerra. Así como al espionaje hacia los propios ciudadanos después de 11-Septiembre de 2001, a través de la llamada Ley Patriótica; la detención arbitraria de miles de inmigrantes de origen árabe o i slámico, algunos deportados y otros, declarados terroristas.

En un tercer capítulo Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic nos hablan del desprecio a la normativa internacional sobre derechos humanos y a los principios del derecho internacional, por parte de Estados Unidos, y analizan su papel respecto al Sistema Universal de Protección de los Derechos Humanos, sus Convenciones y Pactos Internacionales; el Sistema Interamericano de Protección de los Derechos Humanos; el boicot a la Corte Penal Internacional; y, las violaciones a los principios del derecho internacional.

La gran crítica es al autoproclamado papel de “defensor” de los Derechos Humanos del gobierno estadounidense, mismo que no ha ratificado varios de los tratados de carácter universal y regional más importantes en esta materia respecto a niños, mujeres, discriminación y, derechos económicos, sociales y culturales; ello, por considerar afectada su soberanía nacional. El doble discurso estadounidense sobre la interpretación de las normas internacionales de derechos humanos y principios de derecho internacional, las cuales ha violado y modificado para sus propios intereses imperialistas, atentando contra la democracia plural y multilateral de los países del mundo.

Es relevante la concepción de senadores y de la derecha estadounidense sobre la Corte Penal Internacional (CPI), a la que calificaron como “un monstruo y tenemos la responsabilidad de descuartizarlo antes de que crezca y acabe devorándonos” [4] según Jesse Helms. Esto explica la negativa a la construcción de este órgano jurídico internacional, el cual tendría competencia para juzgar crímenes de guerra, de lesa humanidad y genocidio, pero que según Estados Unidos, implicaría una transferencia de su soberanía; lo real era la posibilidad de someter a un proceso penal a ciudadanos estadounidenses como Henry Kissinger, considerado “un criminal de guerra suelto sin castigo”, según el escritor y periodista estadounidense Gore Vidal.

Lo anterior explica por qué Estados Unidos ha saboteado la normatividad internacional, como el Estatuto de Roma; por qué ha combatido y rechazado la firma de los Acuerdos de Kyoto para salvar el planeta de la destrucción de medio ambiente; o la introducción de la cláusula “no aplicable a los Estados Unidos sin el consentimiento de los Estados Unidos”, como lo ha referido Noam Chomsky. [5] Y el mismo caso de los Cinco Cubanos presos políticos en Estados Unidos liberados apenas en 2014, luego de 16 años. [6]

En su capítulo cuarto, Boron y Vlahusic se enfocan al estudio de la violación de los derechos humanos en territorio norteamericano, y examinan los dos grandes Pactos Internacionales, el de Derechos Civiles y Políticos, y el de Derechos Económicos Sociales y Culturales, para los autores, Estados Unidos no ha reconocido el derecho al desarrollo como parte de los Derechos Humanos y no ha ratificado las principales convenciones del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.  

Sobre el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, los autores se refieren a la falta de protección a la vida de los pobladores de Nuevo Orleáns durante el huracán Katrina (2005) que dejó 1833 víctimas, así como su manipulación informativa por el gobierno. El aumento de los crímenes violentos que amenazan la vida, la libertad y seguridad personal; la posesión de armas de fuego en manos de particulares, que sitúa como al país como el primero en el mundo y que se observa en las masacres con dichas armas; el abuso policial e inseguridad en las cárceles es otro rubro, con una policía estadounidense que no respeta la ley para los ciudadanos, quienes muchas veces, son víctimas de abuso, maltrato y humillación policial dentro y fuera de las cárceles, llegando incluso a morir por el maltrato.

Por otro lado, a sociedad estadounidense es vigilada por el FBI por la autoridad que escucha e interfiere sus comunicaciones telefónicas y electrónicas por considerarlas “sospechosas” sin ningún fundamento, para ello se gastan millones de dólares en cámaras de vigilancia. Asimismo, los trabajadores han sido restringidos en sus derechos sindicales como la libre organización, debido a las políticas gubernamentales antiobreras y neoliberales. Igualmente, la participación política de los estadounidenses se enfrenta a un juego sucio de los ricos y millonarios, a una plutocracia, señalan los autores al citar a Gore Vidal, Howard Zinn y Noam Chomsky. Una muestra que desnuda el carácter profundamente antidemocrático de la autoproclamada “mayor democracia” del planeta.

Respecto a los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, los autores exhiben la pobreza y desigualdad de la sociedad estadounidense a través de estadísticas y porcentajes que muchas veces son manipulados por el mismo sistema, con sus políticas neoliberales y conservadoras a favor de la clase dominante, lo cual da como resultado ricos más ricos y pobres más pobres; el derecho a la salud es otra violación constante por la carencia de cobertura médica para la población; así como la discriminación racial, económica y judicial de los diversos grupos étnicos minoritarios, sobre todo en afrodescendientes.

Finalmente otros sectores que ven afectados sus derechos humanos en Estados Unidos son los niños y las mujeres; las afroestadounidenses son quienes más fácilmente caen en la pobreza y la miseria, según datos oficiales. La tasa de mortalidad materna está en trigésimo lugar en el mundo, las mujeres negras mueren cuatro veces más que las blancas. La situación de los niños estadounidenses también es preocupante, el país es casi el último lugar –vigésimo-, en bienestar infantil, aquí también la mortalidad infantil es mayor en la población negra en 2.5.

Otra violación grave a los derechos de la niñez en Estados Unidos es la pena de muerte para menores de edad que muy pocos Estados en el mundo realizan; los niños afroestadounidenses corren el riesgo a ir a la cárcel 5 veces más que los niños blancos; a nivel mundial, Estados Unidos sentencia más a cadena perpetua a niños, y condena a muerte a un gran número de adolescentes, pues dicho país no ha ratificado la Convención Internacional de los Derechos del Niño de la ONU.

Boron y Vlahusic concluyen en su investigación que Estados Unidos no tiene autoridad moral para proclamarse como “defensor” de los Derechos Humanos, pues ha violado y viola sistemáticamente derechos fundamentales a nivel internacional y en su propio territorio. Agregan que dicha nación y su historia, no son ningún ejemplo de democracia y libertad, “ideales” que el mismo país ha autogestionado. Todo ello lo fundamentan en su estructura de poder económico, político, militar y de inteligencia (CIA, Pentágono, NASA); en el papel de la Casa Blanca, del Congreso, de la Cámara de representantes, en sus transnacionales, en el complejo industria-militar; las industrias aeroespaciales, de gas, de petróleo; en sus instituciones de investigación (universidades); fuerzas armadas y medios de comunicación corporativos; en su gobierno corrupción y burocracia. Los autores coinciden con Gore Vidal, respecto al secuestro de la democracia estadounidense; y con el filósofo italiano Gianni Vattimo que considera a Estados Unidos una plutocracia.

En el posfacio los autores corroboran su tesis al comentar el golpe en Honduras, lo cual ratifica que no importa quien gobierne la Casa Blanca, pues existe un “gobierno permanente” consolidado después de la Segunda Guerra Mundial, que desde las sombras utiliza agentes, estructuras y organizaciones para implantar su política local e imperial. El golpe a la nación hondureña evidencia que el imperialismo y la rapiña no han cambiado, ni sus métodos brutales de dominación, lo que se corrobora con el apéndice cronológico de intervenciones estadounidenses en América Latina.

Conclusiones

Aunque han pasado ya seis años desde la publicación de El lado oscuro del Imperio: la violación de los derechos humanos por Estados Unidos, la investigación tiene actualmente más vigencia que nunca. Resulta evidente la nueva estrategia geopolítica de Estados Unidos para destruir a los gobiernos progresistas y antisísmicos de Nuestra América, los cuales ofrecen proyectos y paradigmas anticapitalistas, con cambios democráticos para la mayoría de la población. Los intentos por lograr una independencia económica en la región de países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Nicaragua, Brasil y Cuba (socialista), por mencionar algunos, son totalmente contrarios a los intereses vitales estadounidenses.

Estados Unidos sigue utilizando los denominados “golpes suaves” para derrocar a los gobiernos críticos de dicha nación, a los que se refiere el escritor anticomunista estadounidense, Gene Sharp, quien según sus detractores ha sido un agente de la CIA; para ello la nación estadounidense se vale de diversos instrumentos y organismos, como lo refieren los autores. Esto es evidente en Venezuela durante el gobierno de Hugo Chávez y hoy con Nicolás Maduro, el sabotaje económico, político y mediático. [7] Al mismo tiempo, se han reanudado las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, un hecho histórico y trascendente en la geopolítica de Nuestra América. Por tanto, la lectura de Atilio Boron Andrea Vlahusic, resulta ampliamente recomendada, obligada e ilustradora para entender los actuales y futuros escenarios en la geografía económica y política de nuestro continente, sobre todo, en materia de Derechos Humanos.


[1] Hassan Dalband es doctor en Ciencia Política de la Universidad de La Habana, Cuba. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México: dalbandh@gmail.com.

[2] Boron Atilio A, Imperio & Imperialismo – Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri , CLACSO, Argentina, 2004. Boron Atilio A, América Latina en la geopolítica del imperialismo, UNAM, México 2014.

[3] Véase: Calloni, Estella, Operación Cóndor: El pacto criminal, Editorial, Ciencias Sociales, Cuba, 2006. Méndez Méndez, José Luis, Bajo las alas del Cóndor, Editorial, Capitán San Luis, Cuba, 2006. Allard Jean-Guy, Golinger Eva, USAID, NED y la CIA- La Agresión Permanente, Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, Venezuela, 2010. (Nota del autor).

[4] Ibíd. P. 67: citado en: La impunidad imperial: Cómo Estados Unidos legalizó la tortura y “blindó” ante la justicia a sus militares, agentes y mercenarios, Roberto Montoya, Editorial, Ciencias Sociales, Cuba, 2006.

[5] Ibíd. P. 64.

[6] (Nota del autor).

[7] Puga Álvarez, Valeria, ¿América Latina, el nuevo escenario de los “golpes suaves”? El Telégrafo, Ecuador 23/02/2014.

Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic,

El lado oscuro del Imperio –

La violación de los Derechos Humanos por Estados Unidos,

Ediciones Luxemburgo


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