Los medios y la batalla por la democracia en América Latina

 
Rebelión – (Transcripción de la ponencia presentada en el 
Congreso Internacional 
“Comunicación e Integración Latinoamericana desde y para el Sur
” -en el décimo aniversario de TeleSUR, CIESPAL, Quito, julio 22-23, 2015)
América Latina viene protagonizando, desde finales del siglo pasado, una tremenda batalla por construir una democracia digna de ese nombre. Esto quiere decir, algo que vaya más allá de la sólo alusión a la mecánica electoral y que se sintetiza en la tentativa de fundar sociedades más justas en este, el continente más desigual e injusto del planeta.La experiencia enseña que mientras las democracias admitan resignadamente la injusticia, la desigualdad y la opresión sus gobernantes no tropezarán con obstáculos para su funcionamiento. (Claro, la pregunta es si a un tipo de régimen como ese le cabe el nombre de democracia). Pero si se propusieran acabar con aquellos flagelos, o hacer real la soberanía popular, allí comenzarían los problemas. Y tal como lo comprueba la historia, en tales casos la respuesta de las clases dominantes es brutal.

El caso de Grecia es ejemplarizador. Allí Syriza cometió un “error”  imperdonable: honrar el proyecto democrático y consultar al pueblo ante una decisión crucial como el ajuste que le proponía la troika. En una jornada memorable aquel rechazó el ajuste con casi las dos terceras parte del voto. Pero Angela Merkel y sus mandantes respondieron con inusitada ferocidad, llamaron a Alexis Tsipras al orden, le obligaron a votar en el Parlamento griego un ajuste aún peor y, ante la sorpresa general, Syriza convalidó este atropello al mandato popular y degradó a Grecia convirtiéndola en un enclave neocolonial de la troika y, sobre todo, de la banca alemana.

En América Latina y el Caribe (ALC) conocemos desde hace mucho esa brutal y despótica actitud de las clases dominantes. El listado sería interminable: recordemos nomás algunos casos paradigmáticos como los de Jacobo Arbenz, en Guatemala; Juan Bosch en RD, Salvador Allende en Chile; Joao Goulart en Brasil; Omar Torrijos en Panamá; Jaime Roldós en Ecuador y Juan J. Torres en Bolivia. Salvo Bosch y Arbenz ninguno de ellos murió de “muerte natural”, seguramente que de pura casualidad nomás. Y la lista es incompleta: agreguemos a René Schneider, Carlos Prats, militares constitucionalistas chilenos, y también a Pablo Neruda y tantos más que no viene al caso rememorar en esta ocasión pero que atestiguan lo peligroso que puede ser en esta parte del mundo intentar construir una sociedad mejor.

Más recientemente, la reacción ante la oleada democratizadora puesta en movimiento con la elección de Chávez en 1998 no se hizo esperar, procurando arrancar la maleza de raíz y evitar su propagación. La reacción ante el nuevo clima político instalado en la región se tradujo en el golpe de estado en Venezuela, en Abril 2002, derrotado por la formidable respuesta de la población que evitó el magnicidio y restituyó a Chávez en el poder. Luego de eso, el paro petrolero que tanto daño hizo a la economía venezolana. Derrotada también esta intentona, en 2008  la coalición oligárquico-imperialista vuelve a las andadas en Bolivia: tentativa de golpe y secesión, frustrada por la decisión de Evo y la rápida reacción de la Unasur. En 2009 derrocan a Mel Zelaya en Honduras, uno de los pilares fundamentales de la estrategia antisubversiva de Estados Unidos en la región.  Fracasan en el 2010 cuando, en septiembre de ese año, tratan de deponer a Rafael Correa en Ecuador. Se repliegan, toman aliento y vuelven a la carga en el 2012, liquidando al gobierno de Fernando Lugo en Paraguay, otro pilar de la estrategia norteamericana por su presencia en la gran base militar de  Mariscal Estigarribia. Es que con “gobiernos amigos” en Honduras, Colombia y Paraguay se garantiza el éxito de la operación “Frog leap” (salto de rana) del Comando Sur concebido para concretar el rápido despliegue de sus tropas hasta el norte de la Patagonia en veinticuatro horas, en caso de que las circunstancias así lo exijan. Si no hay “gobiernos amigos” la logística de la operación es mucho más incierta y complicada.

Esto no debería sorprender a nadie si se tiene en cuenta que los lineamientos generales de la política de EEUU hacia ALC han permanecido invariables desde 1823, cuando fueran establecidos por la Doctrina Monroe: mantener la desunión a las repúblicas al Sur del Río Bravo; fomentar sus discordias y sabotear cualquier tentativa de unión o integración, directivas puntualmente seguidas desde el Congreso Anfictiónico convocado por Simón Bolivar en 1826 hasta nuestros días. Fiel a estas premisas, ante  la institucionalización de la Unasur y la CELAC el imperio respondió con su más reciente táctica divisionista: la Alianza del Pacífico, que agrupa a un conjunto de países que casi no tienen vínculos comerciales entre sí para debilitar los proyectos integracionistas en curso y, de paso, neutralizar la presencia de China en el área. Ya el Libertador había advertido sobre estas maniobras en su célebre Carta de Jamaica de 1815.

Por lo tanto, gobiernos que se tomaron –o se toman- en serio al proyecto democrático se convierten automáticamente en mortales enemigos de los poderes establecidos. En la cosmovisión burguesa del mundo y la política la democracia nada tiene que ver con la justicia social. Es apenas el rostro hipócritamente amable de la dominación, y será tolerada siempre y cuando no ponga en riesgo a esta última. Si con sus “excesos”, su “demagogia” o su desvaríos “populistas” amenaza con poner fin a la dominación clasista y a la injusticia, su suerte estará echada y todas las fuerzas del imperio y sus aliados locales se pondrán en marcha para destruirla. Si no pueden derrocar por la vía rápida del clásico golpe militar al gobernante que tiene la osadía de cultivar tales  propósitos lo que se hace es socavarlos y desestabilizarlos, hasta que se produce su derrumbe. Para esto se sirven de las recomendaciones del manual de Eugene Sharp sobre la “no violencia estratégica”, que en realidad es un compendio sobre la utilización racional, fría y calculada de la violencia. La historia reciente de países como Honduras, Paraguay y Venezuela ilustra con elocuencia que clase de “no violencia” es la que se emplea y cuán “blando” puede ser el golpe de estado en curso.

Desestabilización aplicada, en diferentes grados y apelando a distintas tácticas, contra los gobiernos progresistas de la región, no importa si se trata de sus variantes “moderadas” (como en Argentina, Brasil y Uruguay), o uno “muy moderado”, o “inmoderadamente moderado”, como en Chile, o de gobiernos como los bolivarianos (Venezuela, Bolivia y Ecuador, por estricto orden de aparición) cuyo horizonte de cambio provoca, a diferencia de los casos anteriores, la virulenta animosidad de las clases dominantes.

Condiciones de la democratización

La realización del proyecto democrático exige la presencia de una serie de factores que faciliten su pleno desenvolvimiento: a) la organización del campo popular a los efectos de constituir el nuevo “bloque histórico” contrahegemónico del que hablaba Antonio Gramsci porque sin él, sin la organización, la mayoría social representada por los pobres, los explotados, los excluidos carecerá de efectos políticos y mal podría alterar la correlación de fuerzas en su favor; b) la concientización, porque una mayoría social, aún organizada, puede convertirse en fácil presa de la minoría dominante que ha ejercido su dominio desde siempre. Un movimiento obrero altamente organizado pero sin conciencia de clase lejos de ser una amenaza es una bendición para la hegemonía burguesa. Ejemplos de este tipo abundan y no los examinaré aquí, porque no es el objeto de esta presentación. ¿Basta con esto para darle impulso a una democratización fundamental, no de forma? No. Se requiere, además, contar con un sistema de medios de comunicación que torne posible la circulación de las ideas “subversivas” de un orden social que debe ser subvertido porque condena a la humanidad y a la Madre Tierra a su extinción.

Por eso la creación de Telesur significó un valioso aporte en el proceso de avance y consolidación democrática en los países de ALC. Y esta también por eso que Telesur encuentra tantos obstáculos en países gobernados por la derecha, que no quieren que los contenidos de esa señal informativa circulen en el éter. No se la puede ver en Colombia, en Chile, en Brasil, en tantos otros países, excepto a través de la Internet. Y esto no es casual ni debido a problemas técnicos sino pura y exclusivamente por una opción política interesada en impedir –o en todo caso dificultar- el debate de ideas y alimentar todas las variantes del pensamiento conservador, manteniendo a esos países en la ignorancia de lo que ocurre en los vecinos, promoviendo el chauvinismo y la xenofobia, fomentando el consumismo y la imitación del “modo americano de vida”, satanizando a los líderes y procesos políticos emancipatorios y exaltando al capitalismo como el único sistema posible y racional para organizar la vida económica de las naciones. De ahí la centralidad de luchar en el plano de las ideas apelando a los instrumentos propios de nuestra época, desde la televisión hasta las redes sociales. Esta necesidad había sido precozmente detectada entre nosotros por Martí cuando decía que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”.

Fidel, digno heredero de aquel, convocó hace más de veinte años a librar la “batalla de ideas”, al comprobar que el fracaso económico y político del neoliberalismo no se traducía en la conformación de un nuevo sentido común posneoliberal.

Desgraciadamente, la izquierda demoró mucho en tomar nota de todo esto. Pero el imperio, por el contrario, siempre tuvo un oído muy perceptivo para controlar la conciencia de sus súbditos y vasallos, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. No de otra manera se puede comprender la importancia asignada a los estudios de opinión pública y comportamiento consumidor por la sociología norteamericana desde los años treinta en adelante. Estudios orientados a fines prácticos muy concretos: modelar la conciencia, los deseos y los valores de los individuos, en una escalada interminable que comenzó con investigaciones motivacionales para dilucidar los mecanismos psicosociales puestos en marcha en las estrategias de los consumidores en la sociedad de masas hasta llegar hoy a los “focus groups” para saber qué quiere escuchar el electorado y quién quiere que se lo diga y como y, de ese modo, garantizar que los personajes “correctos” triunfen en las elecciones fabricando candidatos con el perfil exacto de lo que quiere la amorfa mayoría.

Noam Chomsky y sus asociados estudiaron este asunto en gran detalle y a ellos me remito. Pero no pensemos que este esfuerzo es cosa del pasado. Como lo revelara hace un tiempo Gilberto López y Rivas en México, hay un multimillonario proyecto de investigación, llamado Minerva, por el cual el Pentágono encomendó a partir del 2008 el estudio de la dinámica de los movimientos sociales en el mundo con el propósito de neutralizar el contenido potencialmente revolucionario de organizaciones calificadas sin más como “terroristas”. Esto es la actualización del famoso proyecto Camelot que culminara con un escándalo a mediados de la década de los sesentas del siglo pasado.
Estos estudios fueron muy importantes para elaborar ciertos aspectos de la doctrina estadounidense en materia de política exterior. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial EEUU identificó a dos actores claves para garantizar la estabilidad del nuevo orden imperial: los académicos, intelectuales y, más generalmente, los comunicadores sociales; y, por otro lado, los militares, reserva última en caso de que la labor de los primeros no produjese los frutos deseados. Todos los grandes programas de becas para estudiar en universidades norteamericanas, así como los numerosos programas de intercambio con jóvenes intelectuales y artistas, periodistas y comunicadores en general tienen esa misma fuente de inspiración. Lo mismo cabe decir de los voluminosos programas de “ayuda militar” que Washington administra a escala mundial.

Sobre el papel de los medios de comunicación

En esta “batalla de ideas”, emprendida por el imperio antes que por la izquierda, el papel de los medios de comunicación es de excepcional importancia en las sociedades de masas de nuestros días. Es por eso que en una audiencia ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos un miembro informante del Pentágono decía que “en el mundo de hoy la guerra antisubversiva se libra en los medios, no en las junglas y selvas o en los suburbios decadentes del Tercer mundo. Ese es el principal teatro de operaciones.”

Las nuevas tecnologías de información y comunicación potenciaron hasta límites inimaginables esta operación de manipulación de conciencias y lavado de cerebros. Para calibrar los alcances de la misma es oportuno recorrer los principales hitos de esta historia. La prensa gráfica, el primer medio de comunicación de masas, veía recortada su influencia por el analfabetismo y los problemas logísticos de circulación los que, sumados a las restricciones económicas que podían afectar a sus lectores, hacían que llegara apenas a un sector muy pequeño de la población. La “opinión pública” era, en realidad, la de un sector privilegiado por su posición en la estructura social.  Con la aparición de la radio se produjo un salto de enorme importancia,  potenciando una vía de comunicación que superaba los obstáculos de los medios gráficos, lo que le permitía llegar a los más apartados rincones y, sobre todo, de ser eficaz vehículo de transmisión al alcance de quienes no sabían leer. La introducción del transistor y la aparición de la radio portátil multiplicó significativamente la eficacia comunicacional de este medio.
En el caso argentino es difícil comprender los primeros años del peronismo al margen del enorme impacto producido por los discursos transmitidos por radio de Perón y Evita que cautivaron a millones de radioescuchas y los impulsaron a participar activamente en la vida política del país.

Con el advenimiento de la televisión el sistema de medios alcanza una penetración y, sobre todo, una eficacia proselitista sin precedentes. La combinación de la imagen y el sonido, amén de la instantaneidad de los productos televisivos y sus continuos progresos tecnológicos (paso del blanco y negro al color, cable, HD, etcétera), hicieron de este medio el dispositivo por excelencia de la formación de la opinión pública.

Un hallazgo decisivo de los estudios de comunicación en Estados Unidos se produjo a raíz del primer debate presidencial televisado, en 1960, entre John F. Kennedy y Richard Nixon. Este era el candidato oficialista, que lideraba las preferencias. Sin embargo, en la elección fue derrotado, por un estrecho margen (aproximadamente un 1 %). ¿Qué fue lo que encontraron los investigadores? Que quienes escucharon el debate por radio decían que el ganador había sido Nixon, pero quienes vieron el debate por TV se inclinaban mayoritariamente por JFK. La radio transmitía un mensaje, la voz; la TV, la voz y la imagen, y esta resultó ser decisiva, porque a Nixon se lo vio mal en las pantallas televisivas, luciendo desprolijo y sudoroso, que contrastaba desfavorablemente con un apuesto y joven candidato.

Reflexionando sobre este tema, Giovanni Sartori, escribió en Homo Videns que:
En la televisión el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar. Como consecuencia, el telespectador es más un animal vidente que un animal simbólico. Para él las cosas representadas en imágenes cuentan y pesan más que las cosas dichas con palabras. Y esto es un cambio radical de dirección, porque mientras que la capacidad simbólica distancia al homo sapiens del animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidades ancestrales, al género al que pertenece la especie del homo sapiens.
En otras palabras, la televisión nos hace retroceder en la escala animal, según este autor, produciendo un progresivo menoscabo de nuestras facultades de simbolización a favor de las más elementales de visualización. Puede parecer exagerado pero conviene tener en cuenta esta observación.

Ahora bien, el poderío manipulatorio de la TV creció paso a paso con un fenomenal proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación. Es decir, con una deriva de signo claramente antidemocrático, por dos razones: (a) porque los medios se fueron agrupando en un pequeño núcleo de propietarios –que luego se transnacionalizó- dotado de una capacidad de chantaje y extorsión que puede coloca a gran parte de los gobiernos de rodillas ante su prepotencia; (b) porque tanto los contenidos que difunden los medios como su organización y las características de su inserción en el éter están fuera de cualquier tipo de control democrático. Sus propietarios se escudan detrás de la defensa de la propiedad privada, la libertad de prensa y de pensamiento para desbaratar cualquier intento de regulación democrática. Aducen, también, que al ser entidades de derecho privado esos medios se deben encontrar a salvo de cualquier clase de fiscalización estatal que pudiera erigir alguna traba a su derecho a disponer de sus medios de la forma que estimen más conveniente. Pero ocultan que son privados en cuanto al régimen de propiedad, pero por sus efectos y sus consecuencias son entes eminentemente públicos, y por lo tanto deben ser sometidos a control democrático. Cabe recordar aquí las incisivas observaciones de Antonio Gramsci sobre este tema, aplicado, en su caso, al papel público que tenían otras instituciones no-estatales, como la Iglesia, y la necesidad de la fiscalización democrática de sus actividades educacionales.

(Sobre el tema de la concentración, el libro de Mastrini y Becerra, “Periodistas y Magnates. Estructura y concentración de la propiedad de las industrias culturales en América Latina” arriba a la conclusión de que “Televisa de México, O Globo de Brasil y Clarín de Argentina constituyen, quizás, los ejemplos más emblemáticos de concentración de medios de comunicación que han atravesado muchos de nuestros países.”

En relación a esta tendencia hacia la concentración el cineasta y documentalista australiano John Pilger dice que este proceso remata en la instauración de un “gobierno invisible” e incontrolable, que no rinde cuentas ante nadie y que actúa sin ninguna clase de restricciones efectivas a su enorme poderío: “Hay que considerar cómo ha crecido el poder de ese gobierno invisible. En 1983, 50 corporaciones poseían los principales medios globales, la mayoría de ellas estadounidenses. En 2002 había disminuido a sólo 9 corporaciones. Actualmente son probablemente unas 5. Rupert Murdoch ha predicho que habrá sólo tres gigantes mediáticos globales, y su compañía será uno de ellos.”

Esto se relaciona con otra tendencia, íntimamente vinculada a la anterior: la aparición del llamado “periodismo profesional, objetivo, ‘independiente´”, términos muy utilizados en el debate político latinoamericano a la hora de justificar la ofensiva destituyente que los grandes medios lanzan sobre los gobiernos progresistas de la región.  Pilger lo relata de esta manera: 

Fue hace casi 80 años, no mucho después de la invención del periodismo corporativo. Es una historia de la que pocos periodistas hablan o saben, y comenzó con la llegada de la publicidad corporativa. A medida que las nuevas corporaciones comenzaron a adquirir la prensa, se inventó algo llamado “periodismo profesional.” Para atraer a grandes anunciantes, la nueva prensa corporativa tenía que parecer respetable, pilares de los círculos dominantes – objetiva, imparcial, equilibrada. Se establecieron las primeras escuelas de periodismo, y se tejió una mitología de neutralidad liberal alrededor del periodista profesional. Asociaron el derecho a la libertad de expresión con los nuevos medios y con las grandes corporaciones.

Y la dependencia de este periodismo con el “pensamiento dominante” queda en evidencia cuando recuerda el caso de:
… numerosos periodistas famosos del New York Times, como por ejemplo el celebrado W.H. Lawrence, que ayudó a ocultar los verdaderos efectos de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en agosto de 1945. “No hay radioactividad en la ruina de Hiroshima,” fue el título de su informe, y era falso.

Se propalaba una horrenda mentira porque la creciente penetración de los intereses empresariales y de los gobiernos en las salas de redacción de la “prensa libre” (en este caso el NYT) hacía que ciertas noticias debían ser presentadas de un modo particularmente sesgado o, simplemente, no ser dadas a conocer al público. Tendencia que si ya era perceptible a fines de la Segunda Guerra Mundial lo es mucho más en la actualidad, cuando las noticias de los diversos frentes de guerra en que se encuentran las tropas de Estados Unidos son todas, sin excepción, censuradas previamente por el Pentágono.

Conclusión: no puede haber estado democrático, o una democracia genuina, si el espacio público, del cual los medios son su “sistema nervioso”, no está democratizado. Son los medios quienes “formatean” la opinión política, imponen su agenda de prioridades y, en algunos casos –no siempre- hasta fabrican a los líderes políticos (caso de Silvio Berlusconi en Italia) que habrán gobernar. La amenaza a la democracia es enorme porque con la concentración mediática se consolida en la esfera pública un poder oligárquico (en la Argentina es básicamente el multimedia  Clarín y algunos otros de menor rango) que, articulado con los grandes intereses empresariales, puede manipular sin contrapesos la conciencia de los televidentes y del público en general, instalar agendas políticas y candidaturas e inducir comportamientos políticos, todo lo cual desnaturaliza profundamente el proceso democrático.

Es más, en la situación actual de América Latina cuando el virus neoliberal –para usar la gráfica expresión de Samir Amin- ha destruido a los partidos políticos y los reemplazó por heteróclitos “espacios” o camaleonescas y efímeras coaliciones, donde los políticos se convierten en verdaderos saltimbanquis que pasan del oficialismo a la oposición y viceversa sin mayores escrúpulos, como ha ocurrido recientemente en Argentina, en un fenómeno que en Brasil se llama “fisiologismo”, y cuando la labor disolvente del ideario neoliberal terminó por diluir los pocos componentes ideológicos que aún restaban, los medios hegemónicos -todos íntimamente vinculados a la dominación imperialista- han pasado a asumir las funciones de los partidos del establishment, convirtiéndose en los organizadores de la oposición de derecha ante los procesos transformadores en curso en la región. Son los grandes medios en los países de ALC quienes reclutan la tropa de la derecha, aportan las orientaciones tácticas de su accionar, establecen la agenda del proyecto y lo militan día y noche, y se esmeran por encontrar los líderes capaces de llevar a buen término estas iniciativas.

No puede ser casual que Maduro, Evo y Correa enfrenten virulentas campañas de desestabilización que ante la debilidad de la oposición política de derecha aquellas son orquestadas por la prensa. Y lo mismo ocurre en países como la Argentina, Brasil y Uruguay, en donde la voz cantante para erosionar la imagen de la presidenta argentina o a favor del impeachment a Dilma Rousseff en Brasil la llevan los grandes medios. Por el contrario, la prensa ha respaldado, con mayor o menor recato según los casos, a gobiernos como los de la Concertación en Chile; Fox, Calderón y Peña Nieto en México; Uribe y Santos en Colombia, Alan García y Alejandro Toledo en el Perú, para no citar sino los casos más evidentes. En Argentina y Brasil este papel “organizador” de la derecha partidaria adquirió en los últimos tiempos ribetes francamente escandalosos. ¡A eso se le llama “periodismo independiente”!

TeleSUR y la democratización del espacio público

De ahí la enorme  importancia de TeleSUR, creada por obra de la sabia inspiración del Comandante Hugo Chávez Frías que percibió como pocos la gravísima amenaza que para el futuro democrático de Nuestra América representaban los medios controlados por una coalición absolutamente enemiga de cualquier proyecto democratizador. La situación exigía una lucha permanente en contra de esos bastiones del autoritarismo y la reacción, batalla que debía ser librada a escala latinoamericana.

En Argentina y Ecuador se han venido librando grandes batallas para asegurar que la democracia penetre en el ámbito de los medios de comunicación. En otros países, como Brasil, según el analista Denis de Moraes, la lucha apenas si ha comenzado porque el conglomerado mediático dirigido por la red O Globo tiene fuerza como para impedir la instalación del tema en la agenda pública. En Ecuador, una consulta popular convocada el año 2011 para decidir sobre diez temas que habían suscitado un intenso debate público aprobó una normativa mediante la cual las empresas periodísticas no podrán realizar negocios o inversiones en otras áreas de la economía, reduciendo significativamente la posibilidad de hacer que los órganos de prensa se conviertan en arietes para promover los intereses de grandes conglomerados empresariales bajo el ropaje del periodismo. Desgraciadamente esto es lo que ocurre en casi todos los países, pero afortunadamente está prohibido en Ecuador.

Por lo tanto, no habrá avances democráticos si no se democratizan los medios. Este es el objetivo de la Ley de Medios en la Argentina: facilitar “la promoción, desconcentración y fomento de la competencia, el abaratamiento, la democratización y la universalización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación”. La implementación de esta norma se ha visto en parte obstaculizada por sucesivos amparos judiciales promovidos por el Grupo Clarín, mismos que hasta ahora impidieron avanzar en la desmonopolización del sistema mediático. Por otra parte, para que este se democratice será necesario que el estado nacional inyecte una importante cantidad de dinero para facilitar el desarrollo del tercio del espectro radial y televisivo reservado a las organizaciones populares y comunitarias, cosa que aún no ha ocurrido en las cantidades que se esperaba. Al mismo tiempo, en el tercio reservado para el sector público, es de fundamental importancia evitar que esos medios reduzcan su papel al de simples voceros del oficialismo. Sería altamente perjudicial, inclusive para el mismo gobierno, obrar de esa manera. Por otra parte, la autoridad de aplicación depende excesivamente de la Presidencia y del Congreso, con ningún influjo de la sociedad civil dado que, como lo establece la ley, 

“Su directorio estará conformado por un presidente y un director designados por el Poder Ejecutivo, tres directores propuestos por la Comisión Bicameral de Promoción y Seguimiento de la Comunicación Audiovisual, correspondiendo uno a la primera minoría, uno a la segunda minoría y uno a la tercera minoría parlamentarias; y dos directores a propuesta del Consejo Federal de Comunicación Audiovisual.”

En otras palabras, el organismo rector que debe garantizar la democratización del sistema mediático es conformado exclusivamente por la dirigencia política, lo que debilita la legitimidad popular que debería tener un órgano tan crucial como la AFSCA. Ahora bien, ¿cómo combatir a los poderes mediáticos? Como en tantas otras cosas de la vida pública no basta la ley. Es importante pero insuficiente. Pero lo decisivo es algo más: no reproducir en espejo, simétricamente, la agenda y la temática de los oligopolios mediáticos. No se combate a Clarín haciendo cada día un “anti-Clarín” ni se lucha contra O Globo o El Mercurio haciendo un “anti” de esos medios. La experiencia indica que esta táctica de lucha termina por producir un resultado exactamente opuesto al esperado.

Por otra parte, es preciso comprender que para torcerle el brazo a los conglomerados monopólicos se requiere algo más que ganar una batalla dialéctica. Es preciso antes que nada, en el caso de la Argentina, (a) hacer cumplir la nueva Ley de Medios desbaratando las argucias leguleyas que hasta ahora impidieron su plena aplicación; (b) favorecer la aparición de nuevas voces desde el campo popular y (c)  avanzar en la desmonopolización de los medios, todo lo cual requerirá de nuevos recursos del estado nacional. De ahí la importancia de una reforma tributaria que asegure la sustentabilidad financiera de esta batalla comunicacional que es también una batalla económica y política crucial para el futuro de la democracia.

Lo anterior es suficiente para comprender la trascendental labor hecha por Telesur desde el momento en que apareciera, diez años atrás. No sólo estamos informados, cuando antes estábamos desinformados; sino que estamos bien informados, con periodistas que comparten nuestra cultura y nuestros sueños, que nos muestran lo que las oligarquías locales y el imperialismo no quieren que veamos, como las infames maniobras perpetradas durante el golpe en Honduras o los crímenes perpetrados por la OTAN en Libia. Con esto Telesur justifica con creces su existencia. Pero hizo algo más: fue un factor importantísimo en la consolidación de una conciencia nuestroamericana. Gracias a Telesur hoy somos más latinoamericanos que antes. El gran proyecto bolivariano, relanzado por obra de Chávez, encontró en esta señal de noticias un instrumento irreemplazable para acelerar su concreción. Por esto, ¡gracias Telesur! Felices diez años y por muchos más.


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