La Educación en la Revolución cubana, no se puede tapar el sol con mentiras.

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Antropóloga Miriam Celaya González, bloguera, independiente de la Patria: Es tan sólida la obra educacional de la Revolución que ni proponiéndose denigrarla puede dejar de reconocer resultados que hoy son, lamentablemente, sueños para muchos pueblos en el mundo que no han podido sacudirse de los mecanismos de exclusión y dominación imperialista como lo hizo Cuba a partir de 1959.

Sus “apuntes” son absolutamente parciales, incompletos e interesados, no se puede esperar otra cosa de quien se propone socavar un árbol frondoso. Así, según usted, la campaña de alfabetización fue ante todo una campaña de adoctrinamiento político a favor del gobierno, con un elevado costo económico y social aun no calculado y el inicio de la fatídica experiencia del empleo masivo de maestros sin preparación pedagógica, en lugar de ser, como se ha reconocido mundialmente, un acto fundacional de la Revolución, de extraordinario valor cultural, al abrirle las puertas del conocimiento a millares de hasta entonces iletrados y ser un espacio de crecimiento espiritual grandioso para los propios alfabetizadores, que les permitió ser protagonistas de la naciente etapa de la historia cubana, al punto de que guardan esa experiencia de vida con celoso orgullo patrimonial.

Si el Rey Midas todo lo que tocaba lo convertía en oro, ¿en qué pretende convertir usted la gloria que se ha vivido? Le incomoda que la Revolución haya sembrado sus ideas políticas emancipadoras en el pueblo, en el camino de favorecer la creación del sujeto activo, crítico y consciente necesario para defender sus intereses frente a la oligarquía financiera yanqui y las clases explotadoras domésticas e iniciar el complejo camino del socialismo. ¿O es que debíamos quedarnos en el oscurantismo anticomunista inculcado hasta los instintos, en la afrenta al pensamiento patriótico y en la banalidad cultural?

El colmo del absurdo, la apoteosis de la ilógica, es el entrecomillado del propósito de la Revolución de formar maestros revolucionarios. ¿Qué si no formadores del espíritu de un tiempo revolucionario puede querer un proceso revolucionario? Igualmente no es óbice que a partir de la Ley de la Nacionalización de la Enseñanza el Estado socialista haya asumido el deber y la responsabilidad de la educación de la nación como un bien público.

La obra de la educación en el período revolucionario es verdaderamente impresionante. Cero analfabetismo, cobertura educacional del 100% en niños, adolescentes y jóvenes. Más de un millón de graduados universitarios, decenas de miles de doctores en ciencias, liderazgo científico en diversos campos del saber, cumplimiento aventajado de indicadores de los organismos especializados de las Naciones Unidas, atención especializada a todos los segmentos sociales de acuerdo a sus necesidades educativas; por criterios de salud, etarios y territoriales, un sistema de enseñanza artística masivo y multiplicador del talento, sistemas de becas gratuito para asegurar el estudio a los que viven distante, un sistema de docencia médica que ha incorporado conceptos muy avanzados como el convertir todos los espacios de servicios en escenarios formativos, amplio espacio a la solidaridad con otros pueblos, en Cuba y fuera de ella, por solo citar a vuelo de pluma algunas de las realizaciones.

En Cuba no se discute si los maestros deben ir armados para defenderse de probables ataques de sus alumnos, está desterrada de nuestras escuelas la práctica del consumo de sustancias tóxicas, no se esclarecen hechos de desaparecidos desde la propia aula, no está en la agenda las deudas que contraen los estudiantes universitarios para sostener sus estudios, ni de la falta de empleo una vez graduados. No hay impunidad, cualquier violación de las normas jurídicas o éticas es sancionada. Para nosotros la educación es un acto sagrado.

Da pena que a estas alturas alguien pueda de algún modo dar cuenta de satisfacción con el cuadro educacional denunciado por Fidel en su alegato La historia me Absolverá y menos referirlo a que otros países andaban peor. Esto me recuerda a informes internacionales de hoy que hablan de niveles de desempleos de 5 ó 6 % como algo “saludable” y “manejable”, de índices de endeudamiento también saludables, de avances en reducción de los niveles de pobreza y de hambrientos aunque las cifras sean de millones. Es el cinismo de la insensibilidad de los que explotan o sirven ideológicamente a los explotadores; ambos no sienten absolutamente nada por los demás, los ven solo como simples cifras.

No hay en su “crítica” a la obra educacional revolucionaria una sola alusión al contexto de agresiones y acoso en que se ha visto envuelta la vida del país por casi seis décadas. Manuel Ascunce Domenech no es solo el nombre de un destacamento pedagógico sino el de un maestro mártir víctima de la violencia aupada desde el gobierno de los Estados Unidos al que se unen muchos otros mártires de la educación. La hostilidad de las políticas implementadas por las sucesivas administraciones norteamericanas en todos los órdenes también ha impactado sin dudas al sector educacional, pues las afectaciones a la economía del país han sustraído importantes montos de recursos que sin dudas una parte se habrían destinado a la educación. También como en todos los demás sectores hay innumerables afectaciones directas. Tampoco se ha podido tener un intercambio directo entre las comunidades educacionales de ambos países y experiencias enriquecedoras como las visitas de estudiantes universitarios norteamericanos en el programa docente Semestre en el Mar, que ratifican el valor de las mismas en condiciones de respeto mutuo, por desgracia, son rarezas excepcionales.

Quizás usted no conozca lo que significa para la educación guantanamera la existencia del enclave de la ilegal Base Naval norteamericana en sus cercanías, en particular para Caimanera y Boquerón. Si tiene interés le anticipo que existen investigaciones de profesores cubanos que abordan esas complejidades.

El concepto de hombre nuevo es la antítesis de lo que usted señala como “aliento facistoide”, nada de superioridad con relación a otros pueblos y sí mucho de solidaridad internacionalista profesada en la práctica por el mundo entero. Cuba ha salvado la vida a millones de personas a lo largo de todo el planeta, ha ayudado a la alfabetización de decenas de millones. Si quiere una prueba de los valores de nuestro pueblo revolucionario busque un solo ejemplo donde un colaborador cubano haya sido rechazado por alguna comunidad donde haya desempeñado su trabajo a pesar de que se han desempeñado en contextos culturales muy diversos en lenguas y dialectos no conocidos por nosotros, con características muy propias. Estos misioneros han tenido la humildad de servidores y no de amos facistas de nadie.

Hemos cometido errores y enfrentamos hoy grandes retos, pero no los ocultamos, están en documentos públicos. No nos avergüenza porque son una obra humana. Pero sí le aseguro una cosa, hay suficientes evidencias para testificar que tenemos razones para enorgullecernos con resultados concretos. Cualquier análisis sobre la educación en nuestro país es más riguroso y objetivo que sus conjeturas.

Dentro de la Revolución no ha faltado la mirada crítica y rigurosa. Es copiosa la obra de Fidel en este sentido, creada en permanente diálogo con los protagonistas principales, maestros y alumnos. El legado del trabajo ejemplar y rigurosamente organizado del compañero José Ramón Fernández es valoración obligada de sus colaboradores y de todos aquellos que trabajaron bajo su dirección. Tengo una hermana del Primer Contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech que tenía en alta estima la carta que como ministro Fernández le enviaba cada año. Soy testigo de cómo la compañera Asela de los Santos, hasta el día de hoy con el Proyecto Guerra de Liberación Nacional, impregna su pasión por la historia patria a los jóvenes. Todo con mucho realismo.

Me es imposible por razones de tiempo para el trabajo creador seguir a pie juntillas su red de falsos argumentos, me he limitado a esclarecer, solo para el lector menos informado sobre la realidad de Cuba, los puntos de mayor relieve. Me detendré en el que conceptualmente encierra la mayor cuota de veneno, pues pretende enfrentar de forma antagónica a la Educación en la Revolución con la tradición de la Escuela Pedagógica Cubana.

Desde el propio triunfo, bajo la dirección de Fidel, el Che, Hart y muchos otros dirigentes se trabajó por hacer de la cultura nacional un bien de todo el pueblo y la Escuela Cubana no fue la excepción. Solo habría que preguntar a los cientos de miles de maestros y profesores graduados en el período revolucionario, a las decenas de miles de profesionales que han transitado por la enseñanza posgraduada en sus diversas modalidades hasta llegar a maestrías y doctorados si han faltado los estudios sobre Caballero, Varela, Luz, Martí, este último al cual usted no incluye en su selección de ilustres pedagogos cubanos, y Varona. Sus idearios y nombres prestigian hoy los espacios educacionales y universitarios cubanos.

Sería fácil constatar en honor a la verdad, distinguida antropóloga, que lo que afirmo se encuentra plasmado en los programas de estudio pasados y vigentes, todos celosamente guardados para la historia de la Pedagogía, la validación de notas, y ahora, también útiles para defender a la Revolución de falsificaciones históricas. Pero más importante que los programas es la cultura pedagógica que sobre esa tradición se ha enraizado en nuestros profesionales y no necesariamente solo de los del campo de la educación.

Conozco muchos filósofos cubanos que han defendido y promovido los estudios sobre nuestra tradición pedagógica, existen Cátedras de Pensamiento cubano, asociaciones como la Sociedad Económica de Amigos del País, la de Pedagogos de Cuba, de Filósofos, de Economistas, entre otras muchas que le han prestado y le prestan la mayor atención a este importante asunto con profesionales insignes como Rolando Buenavilla, Justo Chávez, Armando Chávez, Nancy Chacón, Horacio Díaz Recio, Olivia Miranda, Isabel Monal, y muchos otros.

También ello ha estado apoyado desde instituciones como la Universidad de las Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona, el Instituto de Filosofía de Cuba, la Universidad Central de Las Villas Marta Abreu, la Universidad de la Habana, la Universidad de Oriente, el Instituto de Historia y muchas otras, en todas ellas existen las evidencias de los esfuerzos realizados con muchas salidas, como eventos y congresos. Jamás la Revolución limitó ninguna iniciativa al respecto porque la Revolución, como ha dicho Fidel, es hija de la Cultura y de las Ideas.

Quiero especialmente destacar el empeño del compañero Armando Hart hacia la comprensión profunda de nuestras raíces. Como Ministro de Educación atrajo a ilustres maestros y maestras cubanas como Max Figueroa, de Santiago de Cuba, colaborador de Frank País, León Bicet, José Aguileras Maceiras, Cañas Abril, González Puig, de Las Villas, Gaspar Jorge García Galló, Herminio Almendros, Dulce María Escalona, Héctor Ferrán, las hermanas María y Ramona Ruíz Bravo y muchos otros que construyeron un mensaje educacional con énfasis en el rescate de la herencia de la Escuela Cubana. Fue Hart quien le propuso a Fidel la constitución de la Orden Félix Varela de Primer y Segundo Grado, aprobada por el Consejo de Estado.

Luego continuó esa obra en el Ministerio de Cultura acompañado también por destacados intelectuales como Alejo Carpentier, Roberto Fernández Retamar, Alfredo Guevara, Raquel Revuelta, Herminio Almendros, Rafael Somavilla, Julio García Espinosa, Isabel Monal, Abel Prieto (padre), Abel Prieto Jimenez, Graziella Pogolotti, Helmo Hernández, Omar González y Rolando Rodríguez, entre muchos otros. Cabe preguntarse si ellos y ellas habrían comulgado con cualquier intento de desarraigo.

En los últimos veinte años el compañero Armando Hart, al frente de la Oficina del Programa Martiano y como Presidente de la Sociedad Cultural José Martí ha dado continuidad a estos esfuerzos, ahora multiplicados en Clubes y Cátedras martianas en todo el país y por el mundo sembrando cultura desde los valores de nuestra tradición. Mientras más comprendemos nuestras raíces históricas, mejor preparados estamos para nuestras luchas presentes en defensa de un proyecto emancipatorio cubano, socialista, internacionalista, digno y soberano.

Su prolífica obra puede ser consultada en Granma, Juventud Rebelde, Bohemia, órganos todos de prensa de la misma Revolución que según usted afirma se ha propuesto borrar la cultura pedagógica precedente. Siendo consecuente con su punto de vista, debe resultarle una verdadera forma de disidencia, una herejía de estos medios que se oponen a la línea ideológica trazada. Por si fuera poco estos análisis los puede encontrar en revistas, libros y se atesora en el proyecto Kronicas. El que haya leído uno solo de esos trabajos encontrará sin falta a Caballero, Varela, Luz, Martí y sus continuadores. Ese es el verdadero mensaje de la Revolución. No creemos en fantasmas.

F/ www.lapupilainsomne.wordpress.com , por Rafael Emilio Cervantes Martínez


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