Fidel Castro fue el protagonista más importante de la historia de América Latina en el siglo XX.

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Por Guillermo Segovia Mora. La primera vez que vi personalmente a Fidel fue en agosto de 1985, cuando hice parte de la delegación colombiana al Encuentro Juvenil y Estudiantil sobre la Deuda Externa, uno de los tantos eventos de esa campaña justiciera que lideraba el Comandante de la Revolución Cubana para denunciar el despojo a que estábamos siendo sometidos los habitantes del Tercer Mundo, con la complicidad de dictaduras y oligarquías corruptas y serviles.

Desde entonces el ambiente que viví en distintos escenarios en su presencia fue muy similar. Cientos de rostros obnubilados, transportados por esa figura magnética y apabullante. Absortos ante ese discurso contundente, pedagógico, bien dicho y provechoso para cada tema en el que se comprometía. Antecedentes históricos: su discurso informe sobre la situación económica y social del mundo ante las Naciones Unidas en 1979, como presidente de los países No Alineados, denunciando las injustas relaciones económicas internacionales y en reclamo de un nuevo orden mundial, la Primera y Segunda Declaración de la Habana y la despida de “El Che” Guevara.
Un hombre de batallas

Incansable durante el evento, en el que participó con entusiasmo, la alocución final fue una disertación magistral. No hubo cifra ni cálculo que no realizara, ni hipótesis que no examinara para esbozar la conclusión que, transmitida con la pasión de la convicción, fue advertencia futurista: si no se asumían soluciones para el problema de la deuda externa, en particular la de América Latina, había que prepararse para el desastre económico y social y por eso la bandera de lucha del momento debía ser la derogatoria de esa oprobiosa e inmoral carga.

Su proclama resonó como trueno en todo el continente y entre marchas, huelgas y confrontaciones, que de paso removieron las crueles dictaduras impuestas en Centro y Sur América por la Doctrina de la Seguridad Nacional y el Plan Cóndor -auspiciado por la mente criminal de Henry Kissinger, figura cimera de la truculencia imperial. Los gobiernos obsecuentes siguieron pagando o se vieron obligados a renegociar o a rogar rebajas o perdones como dádivas de los amos avariciosos del capital trasnacional y aun así los países pobres siguen embargados por el Fondo Monetario Internacional y la deuda externa impagable se chupa como vampiro los recursos que deberían destinarse a mitigar la miseria.

Lo volví a ver en Santiago de Cuba, el 26 de Julio de 1988, en la conmemoración del trigésimo quinto aniversario del asalto al Cuartel Moncada, aquella intrépida y temeraria acción de 1953 que en hombres como Fidel no son derrotas sino tramos resbaladizos en el ascenso a la cima: la toma del poder, su meta, su enseña, su obsesión, el paso obligado y necesario para materializar el proyecto de cambio que en la lucha y la lectura había madurado.

Tras su liberación presionada por el pueblo, al hacerse manifiesto libertario su defensa “La historia me absolverá”, y el desembarco el 4 de diciembre de 1957 de la excursión del yate Granma proveniente de México, que doce sobrevivientes convirtieron en la meteórica guerrilla de la Sierra Maestra, el primero de enero de 1959 triunfaría comandando el hecho que partió en dos la historia latinoamericana y caribeña del siglo XX: la Revolución Cubana que derrotó la oprobiosa dictadura de Batista. Dos años después, en respuesta a la hostilidad estadounidense, Cuba se declaró socialista.

En Santiago, el espectáculo fue impresionante. Decenas de miles de hombres y mujeres portando todo tipo de carteles alusivos a la lucha antiimperialista y la revolución, una enorme mancha roja mirando expectante a la tribuna y allí Fidel y su disertación impecable: Primero el balance social de la revolución en esa provincia, luego, en el país -salud y educación son logros hasta hoy reconocidos por Naciones Unidas-, enseguida, los problemas a superar y, para el final, el plato fuerte de sus intervenciones públicas: el análisis del contexto internacional.

En ese momento la situación mundial era determinante para Cuba. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, soporte económico del campo socialista, el primer ministro Mijail Gorbachov emprendía una serie de reformas que promovidas como necesarias para corregir desviaciones y errores en la edificación del socialismo llevarían a su colapso y de paso a un desbalance en la correlación de fuerzas en el mundo a favor de la hegemonía estadounidense.

Fidel, en el liderazgo de una inédita experiencia que conjugaba el marxismo con la identidad nacional de soberanía y justicia forjada por los héroes patrios, en particular José Martí, lo advirtió. Dijo que veía con mucha preocupación lo que estaba pasando en Europa del Este y que temía que el imperialismo estadounidense y sus aliados y sectores procapitalistas corruptos, en el interior, sacaran provecho de la inestabilidad que estaban generando aquellos experimentos, para lograr el derrumbe del campo socialista, lo que no habían podido ni las guerras mundiales ni la “guerra fría”, el tenebroso statu quo que las continuó.

Y así sucedió. Los burocratizados y anquilosados partidos comunistas del este, atornillados en el poder por la represión y el ocultamiento, fueron incapaces de asumir con responsabilidad los errores y reencauzar el proyecto socialista hacia verdaderas democracias populares por la senda del humanismo y la equidad. Como un castillo de naipes todo aquello se vino abajo, en muchos casos en orgías de sangre derivadas de la explosión del racismo, el nacionalismo y mezquinos intereses que el férreo centralismo había logrado controlar.

El comandante llamó a su pueblo a estar alerta para la defensa, más aún cuando, ante todo lo señalado, Cuba quedaba casi solitaria y el imperio arreciaría sus acciones para tratar de dar al traste con el incómodo vecino que por más tres décadas le amargaba sus propósitos, batiéndose como un titán. En ese momento, en el orden y con la disciplina con que habían llegado, se retiraron los santiagueros coreando con su comandante en jefe: ¡Patria o muerte, venceremos!, ¡Patria libre o morir!

La isla del Quijote

En un caso sin par, el pequeño e indócil país caribeño, ubicado a cien millas de Miami, desconectado del continente por mandato estadounidense, bajo la égida de Fidel, se convirtió en referente mundial. Durante la crisis de los misiles instalados por la URSS en la isla en 1962 casi se desata la tercera guerra mundial pero salió ilesa y respetada. Se proclamó faro libertario y hacia ella miraron los rebeldes latinoamericanos buscando otra suerte para sus países hundidos en la colonia, la servidumbre y las mazmorras. Comprometida con las causas de los humildes y sojuzgados, prestó sus hombres a las luchas por la independencia en Asia y África, contribuyó a la independencia de Angola y a erradicar el apartheid en Sudáfrica. Por ello, Mandela, tras 30 años de prisión y como Presidente, lo llamó “nuestro padre”.

En los 90 sorprendió al mundo y a Latinoamérica cuando él, el estratega histórico, el guerrillero victorioso, el líder destellante, afirmara que la hora de la lucha armada había pasado y que había que prepararse para cambios políticos empujados por el movimiento social y popular irrefrenable ante la expoliación neoliberal. Los tiempos y los medios habían cambiado. Cuba fue la inspiración insurreccional del continente en los 60, apoyó al Chile de Allende electo por el voto en 1970 y derrocado a bombazos en el 73, promovió la unidad y respaldó a los sandinistas victoriosos en el 79, al FMLN de El Salvador hasta la paz del 91, a la URNG de Guatemala hasta los acuerdos del 96, al M19, al ELN y a las FARC, en su levantamiento y luego en los intentos de solución negociada al conflicto que en estos días escriben su epílogo.

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La tercera vez que vi a Fidel fue en octubre de 2001, durante el Congreso de Periodistas Latinoamericanos y Caribeños convocado por la Unión de Periodistas de Cuba, a instancias del Comandante, esta vez comprometido en el combate al neoliberalismo, expresión extrema del capitalismo, que sirvió de base a los centros de poder mundial para imponer a los países dependientes el desmantelamiento de sus economías, la reducción de los estados, la apertura indiscriminada de fronteras y aranceles y la precarización de los salarios, en favor de crearle un supermercado planetario a las trasnacionales, con la máscara de la globalización.

Fueron tres maratónicos días de intervenciones en los que más de medio millar de periodistas, comunicadores y trabajadores de los medios de comunicación tratamos una amplia agenda relacionada con las nuevas tecnologías, la mercantilización de la información, la industria de la comunicación, la manipulación ejercida desde las agencias y servicios informativos capitalistas, los derechos y la realidad social de los periodistas y trabajadores de los medios. El discurso de clausura de Fidel, como era tradición duró varias horas. Tal vez por el auditorio, los temas fueron la cultura, la educación y la informática con un detallado informe de cifras que demostraban los avances en esas materias y ratificaban su ya mítica memoria.

La perenne mirada de un rebelde

Luego vendría un pormenorizado análisis de los últimos pronunciamientos y acciones del Gobierno de George Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la amenaza fascista que implicaba la nueva política de “guerra preventiva”, las violaciones al derecho internacional al invadir a Afganistán, país sobre cuya historia hizo un interesante y revelador relato, y el argumento lúcido para una nueva batalla: La comunidad internacional debía perseguir y condenar por igual cualquier clase de terrorismo viniere de donde viniere. Advirtió los riesgos que para Estados Unidos tendría la política de agresión e invasión en el Cercano y Medio Oriente, que ante la resistencia nacional y la dispersión de grupos étnicos y religiosos los podría llevar a repetir la derrota de Vietnam y una época de terror. Así fue.

Al mismo tiempo, su predicción de que grandes cambios se darían en el continente con el alba del nuevo milenio se cumplió. Las masas hastiadas de miseria, corrupción y sangrientas dictaduras dieron un viraje a gobiernos alternativos en las urnas sin que se les esquilmara la victoria. Fueron casi dos décadas de una progresiva reducción de la pobreza -más profunda y sostenible en unos países que en otros- respaldada por los elevados precios de hidrocarburos y minerales que se volcaron a inversión social. Una nueva arquitectura de integración y unidad regional emergió en búsqueda de status internacional. Sin embargo, Latinoamérica no logró fortalecer una base productiva industrial y agropecuaria, y ahora los bajos precios de sus exportaciones empiezan a hacer mella ante una derecha ávida y cínica. Pero América Latina conoció otras posibilidades por las que corregidos errores habrá de volver.

Un traspiés en 2006 llevó a Fidel a ausentarse de actos públicos. El aniversario 80 de su nacimiento, el 13 de agosto, tuvo que aplazarse para diciembre con una programación magnífica organizada por la Fundación Guayasamín y el gobierno, a la que asistimos pero fue imposible su presencia. Consciente de las limitaciones de la longevidad renunció a sus responsabilidades de gobierno en la isla. La presidencia quedó en manos de Raúl Castro, su hermano e histórico compañero de lucha. No obstante las orientaciones y posiciones de Fidel siguieron marcando el rumbo de la isla.

Se introdujeron reformas económicas aperturistas en el marco constitucional del socialismo y se concretó el restablecimiento de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, con el afroamericano liberal Barack Obama en la Casa Blanca, tras medio siglo de agresiones imperiales. Acontecimiento que Fidel comentó crítico reclamando justicia -el embargo asfixiante continúa- en la columna que esporádicamente escribía desde su casa, en donde los más importantes dignatarios del mundo le dieron testimonio de reconocimiento, entre ellos el actual Papa, el argentino reformista Francisco, y el Presidente de Vietnam, país con quien tanto se solidarizó en los años de agresión estadounidense, el último en visitarlo diez días antes de morir.

Las preocupaciones de Fidel en los años recientes fueron la industria armamentista, la asimetría del orden planetario, la depredación ambiental, el calentamiento global, el hambre de los pobres en el mundo, la “financiarización” de la economía y la dominación trasnacional, la paz de Colombia. Los males que aquejan al planeta y podrían destruir a la humanidad. Frente a lo cual proclamó como persistente legado que “Otro mundo es posible”.

Meses antes de llegar a sus 90 años bien cumplidos, con hidalguía y dignidad tuvo el realismo, coraje y desapego de advertirle a su pueblo, en comparecencia ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, que era consciente del cercano final de su parábola vital. El 25 de noviembre de 2016 a las 10:30 de la noche de Cuba, Raúl comunicó a su pueblo y al mundo, la infausta noticia: el corazón de Fidel había dejado de latir. El impacto mundial de la noticia y las expresiones de afecto en todo el orbe, los homenajes sentidos, agradecidos y emocionados de su pueblo como también los rechazos de orilla ideológica que confrontó, corroboran lo que significó.

Su hazaña quedará escrita en la historia de la humanidad con el nombre de un guajiro cubano y latinoamericano al que por su estatura, guapeza y perseverancia sus paisanos comparaban con el nativo palo caguairán o con el ímpetu de un brioso e incansable corcel. Fue el protagonista más importante de la historia de América Latina en el siglo XX. Sus luchas desde abajo siguen vigentes como el sueño de un mejor destino para la humanidad y el planeta.


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