Fidel Castro vislumbró la CELAC

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Soldado de la ideas. Al nacer la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, Cuba estuvo presente gracias a su tenacidad, su batallar y su heroísmo; gracias a su magisterio practicando la solidaridad y la justicia.

Cuando repaso qué sucedió en Caracas, Venezuela, con el nacimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) , compruebo cómo al Sur del Río Bravo han sido aprehendidas las raíces del pensamiento de Simón Bolívar y José Martí —si bien queda un largo camino por recorrer—, al tiempo que deviene cuerpo material los sueños de Fidel Castro. Me explico, grosso modo.

Quien dijo al calor del juicio que se le efectuaba por los acontecimientos del Asalto al Cuartel Guillermón Moncada de Santiago de Cuba en 1953 que “Martí era el autor intelectual del 26 de julio” (día del asalto), no tenía razones para vacilar al sentenciar: “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”. He allí un fundamento del porqué ahora tampoco hay razones para vacilar al sentenciar: la vida revolucionaria de quien bien se puede considerar como el mejor discípulo de José Martí —y, por extensión, históricamente hablando, de Simón Bolívar—, se ha desarrollado a tono con la perspectiva de la lucha por Cuba y Nuestra América, que entronca con la oposición al Águila Imperial.

En el verano de 1947, el joven Fidel se enroló en la frustrada expedición de Cayo Confites, en el Oriente cubano, en aras de ir a luchar contra la dictadura trujillista que entonces oprimía al pueblo de la República Dominicana; y en abril de 1948 está presto a participar en el Congreso Latinoamericano de Estudiantes, a celebrarse en Bogotá, Colombia —coincidentemente con la Novena Conferencia Internacional de los Estados Americanos a efectuarse en el mismo escenario— en aras de denunciar las dictaduras militares reaccionarias en América y el aplastamiento de la independencia de Puerto Rico, la ocupación de parte del territorio cubano en la base militar de Guantánamo y los desmanes en la Zona del Canal de Panamá; sin descartar que además participó activamente al lado del pueblo colombiano en los sucesos desencadenados por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, aquel casi virtual electo para Presidente de Colombia.

En consecuencia, la labor político-revolucionaria del Comandante en Jefe tras el triunfo del 1ro de enero de 1959 en Cuba también se sumergió en la dinámica de impedir la extensión de EE UU por el subcontinente. Al respecto, los ejemplos abundan.

El día 22 de la Revolución triunfante en la Mayor de las Antillas, su Líder indiscutible manifiesta: “[…] un sueño que tengo en mi corazón y creo que lo tienen todos los hombres de la América Latina, sería ver un día a la América Latina enteramente unida, que sea una sola fuerza, porque tenemos la misma raza, el mismo idioma, los mismos sentimientos. Eso quizás sea una utopía, pero ese es mi pensamiento y es el pensamiento de muchos hombres de América. Fueron sueños de los libertadores y se le hicieron muchas estatuas a Bolívar y muy poco caso a sus ideas”.

Carece de casualidad, pues, que hacia la última década del siglo XX —momento de la emergencia de la Unipolaridad pro capitalista en la versión del Neoliberalismo pujante tras el derrumbe de Moscú y sus aliados de Europa y la casi absoluta hegemonía del “Norte revuelto y brutal”—, Fidel se vio en la necesidad de retomar con énfasis su percepción latinoamericanista, razón por la cual significó:

“Los latinoamericanos no acaban de reunirse y se lo he dicho a muchos dirigentes: por qué no nos reunimos, si tenemos problemas muy serios, problemas muy comunes que resolver; por qué no nos reunimos para discutir la deuda [se refiere a la externa de nuestros pueblos]. Porque ni la deuda, que es un verdadero desastre, ha sido capaz de promover una reunión de dirigentes latinoamericanos”.

Con estos elementos de juicio, resultó coherente que ante la Primera Cumbre Iberoamericana convocada por las autoridades de la Patria de Benito Juárez en 1991, él sentenciara: “Por primera vez nos reunimos los latinoamericanos sin que nos convoquen otros. Ya por ello nuestro encuentro asume un carácter histórico. Confiamos en que tendrá gran trascendencia y que nuestro diálogo será constructivo y fecundo. Agradecemos profundamente al entrañable México y a su Presidente la brillante iniciativa; nunca antes fue tan necesaria y oportuna”.

Entretanto, con la emergencia de la Revolución Bolivariana se inicia al Sur del Hemisferio Occidental una nueva etapa para la posibilidad de una realización mayor y mejor del Latinoamericanismo, lo que es una razón más que suficiente para que Fidel Castro le expresó al pueblo venezolano el 3 de febrero de 1999 que “las esperanzas están por delante, veo en ellas un verdadero renacer de Venezuela, o al menos una excepcional gran oportunidad para Venezuela”; amén de advirtir: “Creo que oportunidades se han perdido algunas veces; pero ustedes no tendrían perdón si esta la pierden”.

¡Y el pueblo venezolano, de la mano del   Líder de la Revolución Bolivariana, el compañero Hugo Chávez, asimiló con creces la oportunidad concedida por la Historia! Si no, ¿cómo podía nacer en sus predios la CELAC?

Otros tantos elementos servirían para develar que en el camino de Fidel Castro se percibe la integración de Latinoamérica y el Caribe como un proceso que apueste al bienestar y prosperidad de nuestros pueblos en contraposición de la Doctrina Monroe. Pero no encuentro necesario aludir más al respecto.

Imagino que justamente como resultado de lo que sucintamente acabo de señalar fue que Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua, al hablar ante los representantes de los 33 países reunidos en la capital venezolana para la formalización de la CELAC, significó en esa magna cita que Cuba estaba presente gracias a la tenacidad, batallar y heroísmo de Fidel Castro, un maestro practicando la solidaridad, practicando la justicia.

He aquí el porqué subrayo que el Líder Histórico de la Revolución Cubana vislumbró la CELAC.

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