Una historia en muñequitos

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Williams Enrique Tolentino Herrera, Cubadebate – La Calle del MedioHace algunas décadas el mejor agente encubierto de los Estados Unidos en América Latina era un dibujo animado. Eran tiempos de Guerra Fría, de bipolaridad ideológica nucleada alrededor de dos ciudades: Washington y Moscú. Entonces Latinoamérica mostraba todavía —salvo algunas excepciones— su cara de desarreglo político, con indicadores alarmantes en materia de pobreza, hambre y desigualdad social. La noche capitalista no cesaba en el área. Y en lo fundamental eran dos las razones por las cuales esto ocurría: la dificultad de discernir con certitud figuras en las tinieblas y el arraigado miedo a la luz que encarnaba a la sazón el ideal socialista.

Fueron dos investigadores —y no un sofisticado servicio de inteligencia— quienes descubrieron al agente. Cuando Armand Mattelart y Ariel Dorfmanafirmaron ver, en su libro Para leer al pato Donald: Comunicación de masas y colonialismo, que este dibujo animado era el mejor embajador del sueño americano, quedó al descubierto la labor estadounidense de zapa contra todo atisbo de transformación social en los pueblos de la América pobre. Si más de una mente no los tildó de locos fue porque entonces ya comenzaba a hablarse de símbolos y de comunicación, con vistas a la producción y reproducción de ideologías.

Por aquellos tiempos el pato Donald llegaba a los niños latinoamericanos a través de historietas y de la televisión, con un mensaje de conformidad en torno al capitalismo. Centraba en Estados Unidos el paradigma del progreso, en contraste con un Tercer Mundo dibujado cual tierra de frutas exóticas y nativos salvajes. El ajuste de la vida individual a las leyes del mercado, así como el respeto a las jerarquías sociales y a los gobernantes del sistema eran ideas recurrentes en los cómics de Donald y sus sobrinos, acostumbrados a dar lecciones de gobierno en latitudes de ignorantes, fieras humanoides y caníbales.

En realidad, los vínculos del pato Donald con la propaganda política vienen desde mucho antes. Se remontan a la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en uno de los personajes más famosos de Disney al punto de ganar un Oscar en 1943 dentro de la categoría de corto animado y superar en popularidad, seis años más tarde, al mismísimo Mickey Mouse. En aquellos tiempos solía interpretar a un recluta del ejército estadounidense; e incluso en una ocasión apareció en las pantallas como obrero dentro de una fábrica de municiones perteneciente a la Alemania Nazi, lo que descubriría más tarde era solo una pesadilla.

Las creativas mentes de Disney encontraron en Donald —y quizás en otros animados también— un símbolo del hombre blanco estadounidense. Y como era de esperar, lo emplearon con fines propagandísticos. Una vez concluida la guerra era lógica la inserción del pato en el contexto de la Guerra Fría, desandando caminos en el Tercer Mundo como modelo de éxito y embajador de la cultura norteamericana. Aunque a decir de Mattelart y Dorfman, más que destacar las bondades del Tío Sam lo que le urgía al club de Disneylandia con sus personajes, allá por la década de 1970, era acabar con «el lavado de cerebros» en los niños que entonces dirigían los comisarios soviéticos a través de la «doctrina del gris realismo socialista».

En Cuba, prácticamente en esta misma etapa, Elpidio Valdés adquiría poco a poco la dimensión de mito según señalara el periodista y crítico de cine Justo Planas en su ensayo El reverso mítico de Elpidio Valdés, al ofrecerse «como un asta sólida para ondear lo cubano» y de paso reafirmar «los principios del socialismo como ideología nacional». Llegado desde la manigua a la Cuba del siglo XX, el personaje en calidad de héroe tenía facciones de campesino y una psicología por demás semejante a la del cubano típico. Dominaba la décima a la par que el machete y era capaz de quebrar con su ingenio cualquier intento foráneo de dominación sobre los suyos.

Sacaba provecho de la unidad entre los partidarios de la independencia cubana para concretar sus hazañas. Eso demostró en suelo estadounidense, cuando logró evitar que una embarcación con armas para la causa mambisa cayera en manos de las autoridades neoyorquinas y del gobierno español, gracias al humo de los tabaqueros y a la distracción creada por unos caballos que él mismo había emborrachado con ron. Cualquier plan o personaje en oposición a Elpidio no podía hacer otra cosa que terminar en ridículo. Incluso el coronel mambí convertía en victoria cualquier señal inminente de fracaso: las tiras de cuero ocupadas en un fallido primer asalto a un convoy militar enemigo, dieron vida al cañón que garantizó el éxito de los independentistas en una segunda escaramuza. Esto último se antoja hoy como símil de la resistencia de los cubanos y de su proyecto socialista a finales del siglo pasado, cuando la lógica sugería la muerte por asfixia económica de la Revolución y del consenso social que la mantenía en pie.

La caída del muro de Berlín connotó el derrumbe ideológico del socialismo. Casi todos los muros rojos que existían en el mundo se desplomaron. En Moscú se arrió la bandera de la hoz y el martillo mientras en Europa del Este la transición desembocó en un capitalismo extremo. La única pared que resistió los embates del huracán anticomunista, los martillazos del pato encubierto y del club de Disneylandia, fue la cubana. En esencia, porque el influjo de Donald en Cuba siempre fue nulo. Y la identificación de los cubanos con Elpidio Valdés constituyó un proceso natural basado en el diálogo del animado con los propios rasgos de la identidad criolla y no en imposiciones ideológicas provenientes desde arriba.

Enfocado en conseguir la independencia de Cuba, Elpidio no tuvo tiempo de viajar a otros lares en condición de turista. Mucho menos de preocuparse por gobiernos ajenos o hacer referencia alguna al cambio social en contextos históricos allende los mares. Su ubicación en los estertores del siglo XIX, en plena Guerra Necesaria, le permitió anclar la filosofía del socialismo en prácticas e ideales de igualdad y justicia, más que en parlamentos propios de un manual con tono marxista. Fue esta su segunda virtud más importante, una de las que le hizo trascender en el imaginario popular de la Isla incluso hasta nuestros días.

Mientras Elpidio se hacía símbolo, en Latinoamérica el pato Donald —ya desenmascarado— continuó su trabajo en calidad de embajador de la ideología norteamericana. Justo cuando crecían los reclamos en favor de expulsarlo, llovió sobre las naciones de la región una noche más oscura: el neoliberalismo.

Solo después de dañados los rojos cimientos del muro soviético, el agente de Disney comenzó a mudar las plumas hacia versiones menos directas y agresivas desde el punto de vista simbólico. Comenzó a parecerse más a lo que un día fue: un muñequito. Cedió en magnitud su influencia, sin embargo, casi al término de la pasada centuria, con los últimos tonos grises de la oscuridad neoliberal. Pieza clave en este repliegue fue el ascenso de la izquierda en el continente. El resto de la historia es harto conocida: se favoreció el desarrollo social, se articularon gobiernos en diálogo con los ciudadanos, se avanzó en materia de integración regional. Y poco a poco dejó de hablarse del pato Donald.

De hecho, la historia de este personaje se diluye a partir de entonces. No así con la de Elpidio, todavía un referente imprescindible para diversas generaciones de cubanos. Sobre el cuerpo del mambí ya han pasado con holgura más de tres décadas de cabalgata. Pudiera decirse que ha igualado en experiencia a quienes transitaron por las tres guerras independentistas mambisas, tregua incluida. En cambio, el pato predilecto de Disney —nótese que Lucas no ha calado tanto quizás por el color de sus plumas—, perdió sus credenciales de diplomático si bien no ha dejado de representar en las pantallas la esencia del llamado american way of life.

Elpidio y Donald nunca coincidieron en un mismo espacio. Pero sería válido suponer que de haberse encontrado en tiempos de Guerra Fría, el intercambio entre ambos no hubiese sido para nada amistoso. Casualmente, tampoco fue esta la tónica en las relaciones Cuba-Estados Unidos durante muchas décadas, con un vecino hostil y una isla decidida a conservar su soberanía. Hasta que casi al término de 2014, se restablecieron los vínculos entre ambas naciones y empezó a transitarse por los caminos del diálogo.

Sobre el escenario actual de las relaciones gravita un silogismo: el próximo nombre en el ciclo presidencial estadounidense (2017-2021) será el de Donald.

Uno distinto, pero Donald al fin y al cabo. Próximamente estará Trump en la Casa Blanca moviendo los hilos de la política exterior norteamericana. De mantenerse la ruta iniciada después del 17 diciembre, no habría por qué alarmarse ante la posibilidad de un encuentro entre Elpidio y el pato de marras. Eso sí, habrá que estar atento por si se despiertan en Donald las ansias de dominación que por mucho tiempo llevó en sus genes, por si acaso extiende su mano con ánimos de volver a Cuba otra sucursal de Disney. Imagino desde ya la respuesta de Elpidio Valdés si esto llegara a suceder: ¡Eso habría que verlo! Hasta la vista, compay.

 

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