Utilidad del legado de José Martí para el posconflicto en Colombia

Jose Martí por Rene Mederos
Por José Luis Díaz-Granados* , PL en Bogotá. El pensamiento ético y político del Apóstol de la Independencia de Cuba, José Martí, adquiere una actualidad impresionante en estos tiempos nada fáciles para poner fin de manera definitiva al conflicto armado de más de 50 años en Colombia.

Martí nunca ocultó su predilección por Colombia, no sólo a través de sus innumerables artículos periodísticos y ensayos políticos sino en las investigaciones y notas de miscelánea que se han recogido en sus Cuadernos de apuntes. Y no es casual que en algunos de sus estudios sobre la época precolombina, cuando nuestro territorio ni siquiera se denominaba Nueva Granada, Martí describe cómo se desarrollaron sucesos de la peor barbarie, por ejemplo, en la población de Guatavita, en donde se realizaron los más execrables actos de violencia fratricida entre dos facciones de nativos que se peleaban por la posesión de la tierra. 
El insigne patriota cubano desembarcó en Panamá, entonces territorio de Colombia, el 21 de junio de 1894, procedente de Puntarenas, Costa Rica. En el istmo permaneció sólo unas horas, pues el día 22 partió muy temprano para Kingston, a donde llegó al atardecer. En la capital de Jamaica se embarcó rumbo a Nueva York.

Aunque esta fue la única vez que nos honró con su presencia física, Martí se ocupó en diferentes oportunidades de la suerte de nuestro país. Artículos suyos fechados en Nueva York entre abril de 1884 y agosto de 1892, se refieren a nuestro excelso poeta Rafael Pombo, el primer suramericano que escribió versos antimperialistas. El famoso autor de Noche de diciembre, quien también era un notable diplomático de filiación conservadora, vivió diecisiete años ‘en las entrañas del monstruo’, para usar una conocida expresión del Apóstol cubano.

También, Martí escribió sobre el té en Bogotá, lo mismo que acerca de las tertulias que solían celebrarse en la vieja Santa Fe, siempre lideradas por las damas patriotas, y se refirió de manera singular a la “guerrilla literaria en Colombia”, en donde relata con lujo de detalles los antagonismos entre poetas y gramáticos. Escribió sobre la poesía de Arsenio Esguerra y sobre la prosa de Santiago Pérez Triana, destacado novelista y dramaturgo, hijo del gran presidente radical Santiago Pérez.

Además, reseñó la famosa Historia de la literatura colombiana, de don José María Vergara y Vergara, el gestor literario de la célebre tertulia de “El Mosaico”, quien hizo conocer a la intelectualidad bogotana el talento de un joven poeta y narrador vallecaucano llamado Jorge Isaacs, quien años después conmovería la sensibilidad de millares de lectores con su romántica novela María (1867).

También Martí escudriñó sobre la fauna y la flora de Colombia, cuando esta patria todavía se denominaba Nueva Granada; sobre los idiomas de los nativos; sobre el habla de los chibchas y sus semejanzas con el idioma japonés; sobre las leyendas y tradiciones indígenas y las crónicas de Indias escritas por los conquistadores españoles; sobre la orografía y la hidrografía andina; sobre el cubano Manuel del Socorro Rodríguez, a quien consideramos el Padre del Periodismo en Colombia, y dueño, al decir de Martí, de una de las más nutridas bibliotecas de Santa Fe de Bogotá; sobre los talentos precursores de nuestra Independencia en 1810 -el sabio Francisco José de Caldas, Antonio Nariño, Camilo Torres, José Acevedo y Gómez y Francisco Antonio Zea, entre otros—; sobre la pedagogía y la cultura conocida hasta entonces en la naciente república. Algo realmente asombroso.

¿De dónde sacaba tiempo este hombre maravilloso, se pregunta uno hoy en día, en este mes de mayo de 2016, para pensar, leer, escribir, liderar un proyecto extraordinario, viajar, amar y acariciar la gloria y la grandeza, en tan solo cuarenta y dos años de existencia? Ahora bien. Martí tenía clarísimo el sentido de la guerra y el sentido de la paz. De la guerra necesaria para lograr la independencia y de la paz equitativa que luego se iría perfeccionando, todo ello basado en acuerdos y principios muy precisos.

Pero así como concibió una guerra necesaria, porque “para la paz queremos la guerra”, también se opuso a las guerras injustas o “guerras de avaros”, como las denominó en algún escrito. Pero resulta clave y clarividente el concepto martiano acerca de esa aparente antagonía entre guerra y paz, castigo y perdón, odio y amor, y cómo de algo aparentemente repugnante puede brotar lo contrario. En el poema XXXVI de los Versos sencillos, Martí dice: “Ya sé: de carne se puede / hacer una flor; se puede / con el poder del cariño, / hacer un cielo, ¡y un niño! / De carne se hace también / el alacrán; y también / el gusano de la rosa, / y la lechuza espantosa”…

Y en columnas de prensa publicadas en diversos periódicos de Nuestra América, Martí pone de presente, de manera clarificadora, su concepto sobre la guerra. “La guerra es poética y se nutre de leyendas y asombros. La guerra no es serventesio repulido con ribete de consonante y encaje de acentos. La guerra es oda. Quiere caballos a escape, cabezas desmelenadas, ataques imprevistos, mentiras gloriosas, muertes divinas…”.

Para Martí era necesaria la lucha para vencer el colonialismo y sobre todo para “impedir a tiempo con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Sabía que para conquistar la paz no bastaba con desearla sino que era primordial luchar por ella para asegurar con el trabajo la felicidad de los pueblos. Al respecto escribió: “La paz tiene sus deberes, como la guerra, y todo estado social, ya en la paz, ya en la guerra, es un combate. Es un soldado todo ciudadano, y el que no sepa combatir no es ciudadano”. Los cuarenta y ocho millones de colombianas y colombianos  sabemos que el legado del pensamiento político de este grande hombre, es importancia para lo que se ha denominado como el Posconflicto. Pues poner fin a un conflicto entre hermanos, que suma más de medio siglo, es ya una inmediata realidad que se debe manejar con optimismo, patriotismo y voluntad de reconciliación.

“Ni han de negarse los pueblos -escribió el Apóstol- por reparos pueriles a tratar unidos cuantos asuntos tiendan a fomentar por el cambio amistoso de ideas, y el creciente conocimiento y respeto mutuos, los intereses legítimos, cuyo comercio natural asegura, en vez de comprometer la paz de las naciones”.

Pero nada mejor que esta reflexión luminosa y fervorosa que alguna vez en Tampa (Florida), le hizo exclamar al Maestro: “Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la hierba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos generosos de los pinos nuevos. Eso somos nosotros: ¡pinos nuevos!”.

Martí, al igual que el Libertador Simón Bolívar, no tuvo jamás un gesto de mezquindad o de pequeñez moral, ni expresó jamás palabra alguna que no fuera para engrandecer al ser humano y para infundirle ideas nobles: el ideal de la libertad y la soberanía de los pueblos de América.

Con meridiana claridad, Martí dijo que solo siendo culto se podía ser libre y que solo siendo bueno se podía ser feliz. Y cuánta validez tienen hoy en día esas luminosas palabras, en medio de un mundo en donde se pretende imponer con crueldad la amarga filosofía de la guerra, el despojo, la exclusión y la miseria. Por fortuna, el pensamiento de Martí está más vivo que nunca. La generación de los moncadistas impidió que el Apóstol muriera en su centenario, en 1953, y seis años después, al triunfar la Revolución, cada palabra, cada signo, cada letra, cada sílaba y cada idea, salidas de su pluma genial, se convirtieron en el más poderoso arsenal de sabiduría con que el pueblo cubano, bajo la dirección de Fidel y de Raúl, ha enfrentado los incesantes ataques de los omnipotentes emperadores de la brutalidad y la desesperanza. Y para el país polarizado que espera ansioso la culminación de los acuerdos de paz en La Habana, nada mejor que pensar, como una convicción profunda y desbordante de grandeza, en la reconciliación, porque como lo dijo Martí en su poema más conocido y emblemático:

“Cultivo una rosa blanca / en junio como en enero / para el amigo sincero / que me da su mano franca. / Y para el cruel que me arranca / el corazón con que vivo, / cardo ni oruga cultivo: / cultivo la rosa blanca.”

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍ, José: Obras completas de José Martí. La Habana, Centro de

Estudios Martianos (CEM), 2001. (26 volúmenes).

REFERENCIAS

MARTÍ, José: Op. Cit.:

Vol. 7. Nuestra América II.

Vol 16. Poesía I.

Vol. 20. Epistolario.

Vol. 21. Cuadernos de apuntes.

*José Luis Díaz-Granados. Poeta, novelista y periodista cultural. Colaborador de Prensa Latina.

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