José Martí en la imaginación vanguardista de Carlos Enríquez

Por Ibis Frade*, PL en La Habana. Con su habitual profusión de colores en los trazos y su pasión por las transparencias, Carlos Enríquez plasmó una sensual visión de lo cubano, sus paisajes y una representación diferente de grandes de la historia de esta isla como José Martí.

Si bien el Apóstol cubano inspiró a varios de los artistas de la llamada Vanguardia del 27, puede que existan pocas imágenes del prócer -sin el rigor de la academia y lejos de la pose formal de los cuadros oficiales- como la de Carlos Enríquez.

La obra Dos Ríos, sobre la muerte de Martí, figura entre las numerosas piezas en las que emplea la técnica colorista basada en una ligera transparencia de tonos licuados y ocres.

El caballo desbocado, la agonía en el rostro del jinete, dos siluetas ondulantes, traslúcidas y femeninas que dan un abrazo etéreo al héroe caído ocupan el lienzo.

Dos Ríos era el asunto central de una pintura mayor o mural “que nunca llegó a materializarse”, que se realizaría como parte de las obras por el 50 aniversario de la caída en combate del Apóstol.

Entre ellas destacaba también la convocatoria de 1937 para el concurso Pro-Monumento a Martí en la entonces Plaza Cívica, después Plaza de la Revolución.

La luz del trópico baña a Martí en este cuadro de Carlos Enríquez, aunque se trata de una iluminación apagada y de tonos cobrizos, sin los rojos vivos que tanto gustan al pintor, porque esta vez intenta atrapar los colores de la muerte.

Tal vez por ello la composición se concentre como un remolino en el centro del cuadro, y hay cierto halo sensual en esa muerte del prócer al que rodean dos fantasmagóricas siluetas femeninas.

Hacia finales de 1930, cercano a la fecha en que dio vida a El rapto de las mulatas, Carlos Enríquez pintó Dos Ríos, y hasta pueden encontrarse algunas semejanzas en la composición de esas dos obras y en muchas otras del mismo periodo.

El propio artista denominó ese estilo como “el romancero criollo”, lleno de leyendas, sensuales líneas, escenas eróticas y un paisaje alegórico con ondulantes palmas, lomas y un claro cielo azul.

Sus imágenes persiguen casi siempre la osadía de atrapar el movimiento en el mundo bidimensional de la pintura, incluso en aquellas donde la figura adopta una actitud reposada.

Así sucede con su único retrato al óleo del Apóstol, que atesora la Fragua Martiana de la Universidad de La Habana, ubicada actualmente en lo que fuera la cantera de San Lázaro, donde cumplió trabajos forzados el joven Martí cuando estuvo preso.

Según datos de esa institución, no existen detalles precisos sobre la fecha exacta de realización de la obra, ni hay escritos o documentación especializada alguna que aporte información al respecto.

UN MARTÍ COLORIDO Y FUERTE

Los especialistas infieren que el único retrato al óleo del Apóstol hecho por Carlos Enríquez fue creado durante la década de 1940. Mientras, de 1939 data su cuadro de asunto martiano más conocido: Dos Ríos.

Como la mayoría de esas piezas que hizo por la década de 1940, como Retrato de Marta (1942) y Desnudo de Eva (1947), el de Martí también se caracteriza por un particular colorido sobre la base de uno o dos tonos dominantes.

El azul del fondo y el negro del traje son en este caso los que llevan el protagonismo, pero su predominio se da a partir de una equilibrada relación con otro variado espectro de colores: diferentes gamas de verdes, magentas, amarillos, grises… cuya cierta transparencia los hacen licuarse unos con otros.

Aunque capta a Martí en una pose, la composición destila dinamismo: la disposición del cuello largo y levemente inclinado con respecto al torso rompe el eje de simetría y recuerda los autorretratos del pintor, donde puede vérsele en un ademán semejante.

En aquellos años 40, la imagen del Héroe Nacional de Cuba empezaba a ser recurrente y Carlos Enríquez, ya familiarizado con el tema desde finales de 1930, también quiso plasmar su concepción personal de Martí.

Otro pintor de la vanguardia cubana, Jorge Arche, realizó en 1945 el conocido retrato de un Martí fornido y de hombros anchos, vestido de guayabera y con la mano derecha sobre el pecho.

La misma actitud del retrato de Carlos Enríquez: la mano derecha descansa en el pecho de una figura mucho más corpulenta que el Martí real.

El rostro oblongo y los largos dedos son centros expresivos vitales de este retrato y poseen un similar tratamiento cromático, profuso en verdes y azules licuados.

Apegada al surrealismo como doctrina estética, la pintura de Carlos Enríquez (1900-1957) escandalizó a muchos y algunas de sus obras fueron excluidas de las exposiciones debido al rechazo de académicos y moralistas pacatos.

Su propia familia lo aisló -hay quienes dicen que para cuidar su salud y alejarlo de los vicios- en una casita en Párraga, localidad de las afueras de la capital, donde el pintor construyó una sui géneris vivienda bautizada como el Hurón Azul.

Hasta allí llegaron sus amigos de la generación que fue conocida como la Vanguardia del 27, todos muy interesados en la búsqueda de una identidad nacional.

Este compromiso estético no fue asumido como una camisa de fuerza por Carlos Enríquez y sus contemporáneos, sino como puerta abierta para la innovación y la libertad artística.

*Periodista de la Redacción de Cultura de Prensa Latina.

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