La Colombia de Santos, la paz y Venezuela (I)

La Colombia de Santos, la paz y Venezuela  (I)

Por Lídice Valenzuela, Cubahora. El presidente colombiano Juan Manuel Santos es, en la actualidad, el ícono de la amistad imperialista con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con quien trazó en fecha reciente nuevos planes para la región, incluida la posibilidad de una intervención militar directa en los asuntos internos de Venezuela.

Galardonado en 2016 con el Premio Nobel de la Paz, que debió ser compartido si en Estocolmo hubiesen sido justos, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), su contraparte en el proceso de pacificación nacional, Santos no ocultó su satisfacción por encontrarse con Trump, dialogar sobre temas de actualidad, sacarle otros cuantos millones de dólares y meterse en asuntos que no son de su incumbencia.

Observadores consideran que la de Santos fue una visita apresurada para quebrar la tensa situación creada –indican medios periodísticos- por un supuesto encuentro en un exclusivo bar de Miami de Trump con los expresidentes también derechistas Andrés Pastrana(1998-2002) y Álvaro Uribe (2002-2010), ambos en contra del acuerdo de paz.

Bajo el mandato de estos dos políticos se puso en práctica el Plan Colombia auspiciado por la Casa Blanca  para acabar supuestamente con el narcotráfico cuando se trataba de extirpar de raíz las fuerzas guerrilleras apoyadas por las grandes masas campesinas.

Si la cita del reaccionario trío fue planificada o no, resultaría de cualquier manera un gesto que lesionó la alianza histórica entre los dos países, más aun luego de que el gobernador de Florida, Rick Scott, incitara a Trump a que recibiera primero a Uribe en lugar de Santos.

Las traquimañas políticas entre los dos regímenes constituye un signo inequívoco de la fuerza del lobby de la ultraderecha colombiana para manejar las relaciones con Estados Unidos y ratifica que el sector más reaccionario de Estados Unidos puede inmiscuirse en las desavenencias de la derecha del país suramericano. Y hasta darle solución.

Tres llamadas, en tres meses de presidencia de Trump, fueron intercambiadas entre Bogotá y Washington, señal de que la continua luna de miel durante décadas estaba por quebrarse. Dos fueron hechas desde Colombia y una desde Estados Unidos.

El primero de los telefonemas ocurrió el pasado 11 de noviembre, apenas dos días después de la inimaginable victoria del hasta entonces desconocido magnate. El segundo, el 11 de febrero, y un último cuando el norteamericano le brindó al Mandatario suramericano su solidaridad por el fenómeno natural en Mocoa.

Santos se convirtió así en el tercer Presidente de América Latina en poner los pies en las oficinas presidenciales, después del paso de otras dos perlas de la corona reaccionaria regional: su amigo personal, el presidente argentino Mauricio Macri y su homólogo, el conocido empresario peruano Pedro Pablo Kuczynski.

Ante tantas irregularidades diplomáticas, Trump le hizo mimos en exceso a su visitante, a quien ponderó sus éxitos en la supuesta búsqueda de la paz, su inteligencia, y su ayuda incondicional –que espera sea recíproca, dijo- en distintos ámbitos políticos de la región.

Como nunca ocupó un cargo público en su vida y ganó su billonaria fortuna como magnate de inmuebles, el jefe de gobierno estadounidense siguió evidentemente una agenda con su invitado centrado en tres grandes temas: la destrucción de los cultivos ilícitos de droga, la paz en el país, y la situación política venezolana.

El ex ministro de Defensa del conservador Uribe, ideología que también profesa y no oculta, explicó a su anfitrión los planes para poner fin a los delitos derivados de la cocaína y su distribución, pero reservó criterios sobre el principal consumidor de tal estupefaciente, a quien tenía delante.

Hay que pensar que la droga no constituiría un millonario negocio, del cual se benefician colombianos y estadounidenses, si no existiese el consumo alentado de manera creciente hacia jóvenes y adolescentes por una sociedad enajenada (como la norteamericana), según la Organización Mundial de la Salud.

Sin embargo, los dos jefes de estado no conversaban sobre el destino final, sino el principio del mal enmarcado en las 188 000 hectáreas sembradas de coca, indican los cálculos de la Casa Blanca, dejando fuera los laboratorios, el tráfico y las víctimas de las dos naciones.

Trump aseguró que esperaba una actitud positiva de Santos “para resolver el problema lo más pronto posible”, sin detenerse en la complejidad del asunto en el que están vinculados políticos, mafiosos, grupos de exterminio, paramilitares, vendedores y consumidores.

Con la simpleza que caracteriza la mayoría de sus aseveraciones, el jefe de la Casa Blanca hizo alusión a su anunciado muro que aún pretende levantar en la frontera con México, el cual, dijo, eliminaría las redes de tráfico y los cultivos ilícitos, sin conocer el entramado material con que cuenta el sistema del narco.

Desde el 2000, Estados Unidos entregó a los sucesivos gobiernos bogotanos la cifra de 10 000 000 de dólares a Colombia –la cifra varía según la fuente- y en ese período la nación suramericana desembolsó 120 000 000 de dólares para llevar adelante el plan militar supuestamente destinado a eliminar los distintos estamentos del narcotráfico.

La cifra norteamericana escondía además el propósito de la implantación de siete bases militares en ese país suramericano no solo para intervenir en otros estados, en especial los fronterizos, sino para tratar de aniquilar regímenes progresistas, como hace en la actualidad.

Durante los 54 años de guerra con las FARC-EP,  con presencia militar y económica de Estados Unidos en el territorio colombiano, no hubo resultados alentadores de aniquilación de las fuerzas rebeldes. El 4 de febrero de 2016, el ex presidente Barak Obama suprimió el proyecto militar por el Plan Paz Colombia, que ahora recibió 450 millones más de dólares para llevar adelante los Acuerdos de Paz entre gobierno y guerrillas.

No obstante, la asistencia militar y policial de Estados Unidos sigue siendo en 2017 la más importante de la región suramericana, ascendente a 204 millones de dólares. La venta de armas de Estados Unidos en el 2014, bajo el primer mandato de Santos, fue de 125 millones de dólares.

El giro orientado ahora hacia una supuesta nueva etapa pacífica de lucha contra los cultivos ilícitos, encuentra la resistencia de los congresistas republicanos liderados por Marcos Rubio, quienes presionan para que continúa la lucha contra la erradicación de los cultivos de coca, una misión que, de cumplirse, atentaría contra el campesinado y no los narcotraficantes y condicionaría la paz según exigencias de la ultraderecha colombiana.

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