CUBA Y SU SOLITARIA SOLIDARIDAD

Las barreras del gobierno Duque para implementar el acuerdo de paz ...

En 1999, Colombia vivía uno de los años más sangrientos de su historia. Ya habían asesinado a Eduardo Umaña Mendoza y a Jaime Garzón. Mi papá sentía que el siguiente sería él y tras los ruegos familiares aceptó lanzarse al exilio en España. Al cabo de unos meses, y después de otra amenaza, nos dijo a mi hermano Marcelo, de 16 años, y a mí, de 14, que por seguridad teníamos que irnos del país. “De nada sirve mi sacrificio si algo les pasa a ustedes. Los llegan a coger y me ponen de rodillas”, sentenció.

Llegamos en agosto del 2000 a una Cuba que salía maltrecha del período especial, por cuenta de la caída de la Unión Soviética y el absurdo bloqueo económico de Estados Unidos. El acceso a los placeres del capitalismo era escaso y eso para dos adolescentes acostumbrados a los privilegios era chocante. En La Habana, encontramos colombianos pobres que estudiaban medicina, música o cine. La mayoría gracias a becas estatales que en Colombia les habría resultado imposible conseguir. También encontramos chilenos, argentinos y africanos que vivían realidades de exilio similares a la nuestra.

La educación en la isla se basaba en la premisa de estudio/trabajo. Media jornada en las aulas y la otra media en el campo. Uno de los maestros, al que confronté con un berrinche, un día me lo explicó así: “Tú vives, comes y te vistes por cuenta del gobierno de Cuba. Este es un país socialista en el que los ciudadanos deben aprender a producir y tú no eres distinto”.

Allí poco importaba mi apellido, si tenía más recursos que mis compañeros o me gustaba más la papa que la yuca. Quienes convivíamos en ese internado en Quivicán (esbec, lo llamaban) éramos iguales en derechos y en carencias. Allí no había tienda, el desayuno era un pan con cerelac y el almuerzo, en general, eran granos. Se comía poco pero no había hambre. Ese mundo cubano me empujó a la lectura y al mundo del ajedrez.

Sin negar que existen rasgos autoritarios en la vida cubana, caminando por La Habana de hace dos décadas vi por primera vez en mi vida a dos hombres paseándose cogidos de la mano. Así como a una mujer trans en la entrada de un cine sin que nadie la hostigara. Es cierto que los cubanos no pueden tomar un avión de un día para otro, pero también que son libres para elegir qué estudian. No hay apellidos “divinamente” y nadie apela a la frase “usted no sabe quién soy yo” para torcer la norma.

Años después volví a La Habana para cubrir el proceso de paz. Proceso que, no cabe duda, no habría sido firmado sin la solidaridad y la seriedad de Cuba. Sin las labores de los diplomáticos cubanos y noruegos, las Farc no habrían dejado las armas. Iván Mora, quien falleció hace un mes, cumplió ese papel destacado y discreto que permitió avanzar en los momentos de mayor dificultad en la mesa de diálogos, como embajador de Cuba en Colombia y enviado especial en las conversaciones con el Eln.

Por eso es incomprensible el desagradecido gesto del gobierno de Iván Duque con el pueblo cubano y el rabioso aplauso del “consejero de paz”, Miguel Ceballos, a la decisión de Estados Unidos de incluir a Cuba en la lista de aliados del terrorismo. Esperaban, me imagino, que los cubanos traicionaran su palabra de garantes y entregaran a los negociadores del Eln.

No tuvieron en cuenta, por ejemplo, que la isla les ha dado estudio, en distintas carreras, a 1.400 colombianos. Cuando se firmó la paz, Cuba ofreció a Colombia 1.000 becas de medicina como contribución a la implementación del Acuerdo. En este momento estudian, sólo en la escuela latinoamericana de Medicina, 569 colombianos, de los cuales 38 son excombatientes de Farc y 21 son exmilitares. El resto son jóvenes víctimas del conflicto, familiares de excombatientes o soldados, miembros de organizaciones sociales y de comunidades étnicas. Eso, señores del Gobierno, es cumplir la palabra empeñada, pero entiendo que la desconozcan. La miel no está hecha para la boca del burro.

Alfredo Molano Jimeno


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